Originaria de Europa y adaptada a la Patagonia, la rosa mosqueta es valorada por su alto contenido de vitamina C, antioxidantes y minerales como calcio y magnesio, con aplicaciones en gastronomía y cuidado de la piel.
La rosa mosqueta, un arbusto silvestre de la familia de las rosáceas, fue introducida en la Patagonia hace casi dos siglos y se adaptó exitosamente al clima de la región. Su fruto, conocido como escaramujo, es una baya carnosa de color rojo o naranja intenso, reconocida por su perfil nutricional.
Según la médica nutricionista Analía Yamaguchi, la pulpa fresca del fruto tiene bajo contenido de grasa, más del 60% de agua y carbohidratos. Entre sus nutrientes se destacan la vitamina C, ácidos grasos y minerales como el calcio y el magnesio. Un estudio de la Universidad Nacional del Comahue indica que 100 gramos de rosa mosqueta seca pueden aportar hasta 543 mg de calcio.
Investigaciones citadas por sitios especializados como WebMD y los National Institutes of Health (NIH) señalan que los compuestos del fruto, como los galactolípidos y polifenoles, poseen propiedades antiinflamatorias, antioxidantes y antimicrobianas. La Clínica Mayo también destaca el rol de la vitamina C en el fortalecimiento del sistema inmunológico, la cicatrización de heridas y la protección de articulaciones.
En Argentina, su uso más tradicional es la elaboración artesanal de mermelada, pero también se emplea en infusiones, blends de té y salsas agridulces para carnes. Por otro lado, el aceite esencial extraído de sus semillas es popular en el cuidado de la piel por su contenido de ácidos grasos y vitaminas antioxidantes, aunque algunos especialistas, como el dermatólogo Pedro Barbosa del Hospital Universitario Austral, advierten que la evidencia científica sobre sus beneficios específicos aún es limitada.
Desde el ámbito productivo, el ingeniero Miguel Sampedro desarrolló en Chubut un proceso para comercializar derivados de la rosa mosqueta sin generar desperdicios, exportando estos productos al exterior.
