El uso de suplementos vitamínicos en niños, basado en recomendaciones de redes sociales, crece en Argentina sin supervisión médica, lo que puede generar desequilibrios nutricionales y agravar problemas de salud.
En los últimos años, un fenómeno silencioso pero creciente se ha instalado en la práctica cotidiana de muchas familias argentinas: la suplementación vitamínica en niños basada en información obtenida en redes sociales. Grupos de padres, cuentas de Instagram, videos en TikTok y foros digitales se han convertido en fuentes de consulta frecuentes frente a dificultades en el desarrollo infantil.
Bajo la premisa de “ayudar” o “probar algo más”, muchas madres y padres comienzan a incorporar suplementos, modificar dietas o eliminar grupos de alimentos sin una evaluación médica adecuada. El problema no es la intención, sino el método.
En la consulta clínica, cada vez es más frecuente encontrar niños que llegan consumiendo múltiples suplementos: omega 3, magnesio, zinc, vitaminas en altas dosis, aminoácidos, probióticos e incluso compuestos sin regulación clara. En muchos casos, estas indicaciones no provienen de profesionales médicos, sino de recomendaciones compartidas entre padres en redes. Se construyen así verdaderos “protocolos caseros”, replicados de familia en familia, sin considerar que cada niño tiene una historia clínica, un contexto biológico y necesidades específicas.
A esto se suma la implementación de dietas restrictivas sin supervisión. Dietas sin gluten, sin lácteos, sin azúcares o combinaciones de múltiples restricciones aparecen como soluciones generalizadas frente a problemas conductuales o del aprendizaje. Pero no todo niño necesita lo mismo.
La suplementación inadecuada puede generar desequilibrios: excesos de ciertos micronutrientes, interacciones entre suplementos, sobrecarga hepática o una falsa sensación de estar “haciendo algo” mientras la causa real permanece sin abordar. Restringir alimentos sin criterio clínico puede llevar a déficits nutricionales, pérdida de variedad alimentaria y mayor selectividad, especialmente en niños que ya presentan dificultades en la alimentación.
Las redes sociales cumplen un rol central en este fenómeno. La experiencia individual se presenta como evidencia, los resultados aislados se generalizan y se pierde de vista la complejidad del desarrollo infantil. Lo que funcionó para un niño no necesariamente es adecuado para otro.
Especialistas en neurodesarrollo advierten que la salud infantil no puede basarse en algoritmos ni en tendencias. La diferencia está en el criterio clínico: evaluar correctamente, indicar cuando corresponde y monitorear de manera adecuada. En un momento donde la información está al alcance de todos, el desafío no es acceder a más datos, sino saber cuáles son válidos.
