El escritor mexicano Eduardo Ruiz Sosa acaba de lanzar ‘El paisaje es un grito’, una obra que explora el desarraigo y la frontera entre México y Estados Unidos, conectando con realidades migratorias en España y América Latina.
El escritor mexicano Eduardo Ruiz Sosa acaba de publicar la novela El paisaje es un grito (Editorial Candaya), ambientada en los flujos de población. En la obra, Ruiz Sosa explora el desarraigo del migrante, a quien describe como alguien que “siempre está con un pie a cada lado, y el resto del cuerpo no sabe para dónde hacerse”.
Residente desde hace ocho años en España, donde ya había vivido ocho como estudiante, con un paréntesis laboral en la Universidad Autónoma de Sinaloa (México), el autor regresa a su faceta literaria con una narración que aborda la experiencia de quienes son expulsados del “Otro lado”, Estados Unidos en este caso.
Ruiz Sosa señala que tanto la literatura española como la latinoamericana han tratado el tema migratorio, “pero parece que alguien quiere separarlas y que parezca que hablan de cosas distintas”. El paisaje es un grito también habla de desaparecidos, mientras que su novela anterior, El libro de nuestras ausencias, abordaba el descubrimiento de fosas vinculadas a la violencia del narcotráfico. “Aunque aquí hay también una historia de fosas y cuerpos no encontrados, que es la del franquismo”, indica el autor.
El escritor, ingeniero industrial y doctor en Historia de la Ciencia, vincula su obra con procesos actuales como la regularización migratoria en España y sostiene que “lo mismo se puede trasladar a Argentina, Brasil o Portugal”. En el libro profundiza en la idea del “Otro lado”, que le preocupaba desde niño: “Las primeras veces que fui a Tijuana, decir eso para mí implicaba irse al otro mundo, a la otra vida, morirse, desaparecer, pero era cruzar la frontera”.
Con los años, Ruiz Sosa entiende que esos límites se difuminan en contextos como el laboral: “Los migrantes que están en el otro lado trabajan para amos que también están de este lado”. Y agrega: “Las fronteras están para ciertas prohibiciones, pero no para la explotación”. La novela también aborda las maquilas, fábricas “esclavizantes” dedicadas a la manufactura, donde el autor trabajó y que califica de “infierno”. Allí conecta a España con Latinoamérica: “El esclavismo se acabó en teoría hace años, pero luego vas por Almería, ves todos estos mares de plástico y sabes que dentro hay personas que están cocinándose vivos y que, prácticamente, todas son migrantes, muchas sin papeles, en condiciones insalubres y con sueldos miserables”.
En una imagen del libro, un personaje atraviesa uno de los túneles que cruzan la frontera con Estados Unidos y, una vez en el otro lado, espera a su madre mientras ve “cómo el túnel escupe mano de obra barata”. Sobre el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas estadounidense (ICE), Ruiz Sosa afirma que es “una institución prácticamente nazi” y añade que “los centros de atención de migrantes en aquella frontera, pero también aquí, no están muy lejos de los campos de concentración”.
Como escritor, Ruiz Sosa deja la documentación de estos temas en manos de los periodistas y entiende que a él le toca “transmitir la afectación, las emociones, algo que no se hace solo enumerando acontecimientos, sino desmenuzándolos y haciendo que atraviesen, confundan y disloquen”.
