María Eugenia Fermín llegó a Buenos Aires con prejuicios sobre el frío y la distancia, pero tras diez años en el país destaca la libertad, los servicios básicos y la calidez de la gente.
María Eugenia Fermín, venezolana, emigró a Argentina hace diez años siguiendo a su hija. Aunque al principio imaginaba un país frío y hostil, se encontró con una realidad que la sorprendió: “La calidad de vida es excepcional”, afirma.
Instalada primero en el barrio porteño de Boedo, destacó la seguridad para caminar de noche, el transporte público eficiente y la posibilidad de encontrar supermercados y farmacias bien surtidos. “Con lo que me daba mi hija para pasear me sentía millonaria”, recuerda.
Sin embargo, la búsqueda laboral fue difícil. “Ser extranjera comenzó a pesar”, confiesa. Tras varios empleos, hoy trabaja en Morón, provincia de Buenos Aires, y valora tener trabajo en blanco y el reconocimiento de sus compañeros. “Poder contar con agua y luz las 24 horas ya es ganancia, algo absurdo pero real”, dice.
María Eugenia extraña el queso y el ron venezolano, y confiesa que aún no logra tomar mate. Pero destaca la calidez de la gente y la libertad que encontró. “Todos los días lo agradezco”, concluye.
