El libro ‘Bestiario filosófico’ de Ivana Costa, publicado por Mardulce editorial, reúne veintiséis entradas que exploran cómo los animales han sido utilizados en la filosofía para reflexionar sobre la condición humana. La obra abarca desde abejas hasta zorros, pasando por perros y gatos, y vincula estas figuras con corrientes filosóficas y científicas.
El libro Bestiario filosófico de Ivana Costa, publicado por Mardulce editorial, propone un recorrido por veintiséis animales ordenados alfabéticamente, desde la abeja hasta el zorro. Cada entrada vincula al animal con conceptos filosóficos, científicos o culturales. En las primeras páginas, la autora señala que el ejercicio de contar estas historias es “una invitación a preguntarse qué tipos de animales somos, qué comunidades queremos formar y cómo contemplamos el universo”.
La entrada sobre las abejas destaca su naturaleza dual, asociada a la dulzura de la miel y a la violencia del aguijón. Se menciona que en el Canto II de la Ilíada los enjambres son comparados con los ciudadanos griegos que acuden a la asamblea. Asimismo, se indica que el diseño de la colmena ha sido tomado como modelo para la división del trabajo y como imagen del sistema capitalista contemporáneo, con analogías entre la abeja y el obrero.
La entrada dedicada a los perros se centra en los filósofos cínicos de la Antigua Grecia. Esta escuela, derivada de los socráticos, adoptaba un estilo de vida crítico, despojándose de bienes y viviendo en los márgenes de las ciudades. Diógenes Laercio es mencionado como figura emblemática. Los cínicos se sostenían en cuatro pilares: la indiferencia, la desvergüenza, la sagacidad y el instinto. El texto señala que el perro, indiferente a las distracciones mundanas, podría ser el guardián del pensamiento humano.
En el caso de los gatos, Costa recurre al experimento mental propuesto por Erwin Schrödinger en 1935 para evidenciar paradojas de la mecánica cuántica. El experimento imagina un gato encerrado en una caja con un átomo radiactivo que puede desintegrarse o no, dejando al animal vivo o muerto hasta que se realice una observación. La autora cita: “Al principio el gato va a estar vivo, y a su vez, el átomo va a alcanzar el estado de superposición coherente: ‘desintegrado’ y ‘no desintegrado’ […]. Además, el gato tendría que permanecer en ese estado de superposición hasta que una observación real lo detuviera”. A partir de esto, se extiende la condición de superposición a reflexiones sobre el observador y la incorporación del carácter felino en la ficción. También se menciona que la frase “el gato de Schrödinger” se ha convertido en una expresión genérica para describir razonamientos incompletos o contradictorios, especialmente en discursos políticos.
El libro sugiere que las pantallas actuales pueden pensarse en serie con los espejos en los que las personas eligen reflejarse. Más allá de la anatomía de cada criatura, la obra plantea preguntas sobre la capacidad de proyección e imaginación en un mundo donde todo es susceptible de ser etiquetado. Según el texto, la naturaleza animal no solo daría inteligibilidad a lo humano, sino que prometería una “saludable indeterminación”.
