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Cambios en el calendario de vida: personas mayores de 50 años inician nuevos proyectos y desafían los mandatos de edad

Un fenómeno social y demográfico en Argentina muestra a personas que, después de los 50, 60 o más años, cambian de profesión, emprenden, viajan o eligen seguir trabajando. Según el Censo 2022, el 16,2% de la población tiene 60 años o más, y el INDEC proyecta que la población de 65 años y más pasará de 5,5 millones en 2022 a 7,7 millones en 2040.

Durante décadas, el ciclo de vida pareció organizado en etapas previsibles: estudiar, trabajar, formar una familia y jubilarse. Con los años, surgieron límites no escritos expresados en frases como “¿A esta edad?” o “Ya estás grande para eso”. Sin embargo, un número creciente de personas mayores de 50 años modifica ese esquema: cambian de profesión, inician nuevas carreras, emprenden proyectos, viajan solas o eligen una vida nómade. Otras continúan trabajando cuando podrían retirarse.

El contexto es una transformación demográfica. En Argentina, el 16,2% de la población tiene 60 años o más, según el Censo 2022. Las proyecciones del INDEC estiman que la población de 65 años y más pasará de aproximadamente 5,5 millones en 2022 a alrededor de 7,7 millones en 2040. Al mismo tiempo, disminuirá el peso de los menores de 15 años.

Rafael Rofman, doctor en Demografía e investigador principal de Protección Social de CIPPEC, señala que no solo aumentó la longevidad, sino que mejoraron las condiciones de salud con las que muchas personas llegan a edades avanzadas. “Las categorías de edad son útiles para entender la realidad, pero deben irse adaptando a una realidad cambiante”, explica Rofman. “Al cambiar la demografía deben cambiar, y ya lo están haciendo”, sostiene.

“Vivir según mis gustos”

Carmen Olivetti tiene 52 años y busca acomodar su vida laboral a sus preferencias. Abogada y traductora pública, trabaja de manera independiente y procura que su profesión sea cada vez más flexible y remota. Alterna períodos en Buenos Aires, Italia y Corrientes mientras continúa trabajando.

“Vivir más según mis gustos, según mis reglas y según mis propias creencias, no tanto según lo social o las mismas reglas o modelos que te impone la familia”, cuenta. La pandemia marcó un quiebre: “Fue como decir: mirá que la vida es hoy, ahora. Hacé lo que te gusta”.

A los 25 años, imaginaba su vida a los 52 en pareja, más tranquila, cerca del modelo de su madre. “No me veía ni sola ni tan viajera como estoy ahora”, reconoce. Hoy dice sentirse más fuerte que a los 30 o 40 para tomar decisiones sin buscar aprobación. “Lo que no se hace, lo que no se disfruta en el tiempo que tenés, no se recupera más”, afirma.

¿Rebeldes?

La psicóloga y escritora Sabina Alcarraz Robledo, que brinda charlas sobre Generación Silver, habla de una etapa de “madurez plena” en la que se revisan identidad, deseos y propósito. “Hay una conciencia de que el tiempo es finito”, explica, y señala que esa conciencia puede convivir con la sensación de que queda mucho por vivir.

Alcarraz Robledo indica que los mandatos del “deber ser” se construyen desde la infancia y pueden generar culpa al apartarse de lo esperado. A determinada edad, adoptan formas como “Ya estoy grande”, “¿será esto para mí?” o “¿qué van a decir?”.

Ante la idea de una generación de “rebeldes +50”, la psicóloga distingue: “La rebeldía no es contra los demás, sino dejar de vivir contra uno mismo y estar a favor de lo que realmente necesitamos, queremos y tenemos ganas”. No obstante, advierte que correr los viejos mandatos no debería convertirse en uno nuevo. Llegar a los 50 o 60 años no implica tener que cambiar de profesión, emprender, viajar o iniciar una vida diferente. La posibilidad de elegir incluye también la de conservar la vida que se tiene.

El “ya estoy grande” pierde fuerza

María Georgina Córdoba tiene 60 años y lleva 42 trabajando para la Universidad de Buenos Aires. Podría jubilarse, aunque tiene la posibilidad de continuar hasta los 65 y, por ahora, eligió seguir. Mientras una etapa laboral se acerca a su final, comenzó a construir la siguiente.

Hace dos años se capacitó en gastronomía y creó Nyta Pastelería, su propio emprendimiento. Hizo cursos, incorporó técnicas nuevas y se acercó a herramientas que no habían formado parte de su vida laboral: sus hijos la ayudan con las redes y ella busca recetas e ideas en TikTok. “Fue un desafío, pero me encantan los desafíos”, cuenta.

Alguna vez se le cruzó la idea: “Ya estoy grande para empezar con esto”. Pero duró poco. “¿Por qué no lo voy a hacer? Me siento bien, me gusta, tengo ganas. Lo pensé, pero no lo dudé”.

Cuando era joven imaginaba esta etapa de otra manera, más parecida a la vida de su madre: quedarse en casa, ocuparse de ella. Con los años esa imagen cambió. “Yo necesito mantenerme activa”, dice. Reconoce que jubilarse será un cambio fuerte después de toda una vida de trabajo, pero no piensa en Nyta como un hobby. “Al día que me jubile le voy a poner todas las fichas a esto, 100%”, asegura. “El emprendimiento va a ser mi trabajo”.

Otros casos

Existen ejemplos de personas que desordenan el calendario de manera más drástica. Una empresaria de 100 años que sigue al frente de la compañía de transporte que fundó cuando rondaba los 50; un hombre que empezó a correr a los 62 y, dos décadas después, acumulaba más de 250 competencias; otro que, al cumplir 100, renovó su licencia de conducir después de aprobar los exámenes correspondientes y continuaba trabajando en una farmacia; o una profesora de inglés jubilada que, cerca de los 80, vendió su casa, se compró un motorhome y salió a recorrer distintos países de Sudamérica.

No todos pueden elegir de la misma manera

Estas historias tienen un límite: no todos llegan a los 50, 60, 70 o más con las mismas posibilidades de elegir. La salud, los recursos económicos, la educación y las oportunidades acumuladas condicionan qué se puede hacer con los años que vienen. Rofman advierte que no existen todavía muchos datos formales que permitan convertir estos casos en una tendencia general y que esas posibilidades son mayores entre quienes cuentan con niveles educativos más altos.

Tampoco seguir trabajando después de determinada edad significa siempre lo mismo: para algunos puede ser una elección; para otros, una necesidad. Alcarraz Robledo advierte que es fundamental “no romantizar y no idealizar el tema de la jubilación”. La posibilidad de pensar esta etapa como un momento para cambiar, emprender o elegir nuevos caminos también está atravesada por lo material. Para algunas personas, el trabajo puede seguir aportando satisfacción, identidad, vínculos y sentido; para otras, continuar trabajando responde ante todo a una necesidad económica.

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