El tulipán llegó a los Países Bajos a fines del siglo XVI y provocó una fiebre comercial sin precedentes. En 1637, el colapso de los precios marcó el fin de la tulipomanía.
El tulipán, originario de las estepas de Asia Central, llegó a los Países Bajos a finales del siglo XVI. En 1594, el botánico Carolus Clusius plantó los primeros bulbos en el jardín de la Universidad de Leiden, según registros históricos. La flor, con sus pétalos de colores intensos, se convirtió en un símbolo de estatus entre la aristocracia y la burguesía local.
Las variedades más codiciadas, como el Semper Augustus, presentaban un patrón marmolado en los pétalos. Este efecto era causado por el virus del mosaico del tulipán, transmitido por pulgones, que alteraba la pigmentación y debilitaba la planta. Los coleccionistas pagaban sumas elevadas por estos bulbos, cuya reproducción era lenta y difícil.
Durante la década de 1630, el interés estético derivó en especulación financiera. En ciudades como Haarlem y Ámsterdam, se desarrolló un mercado de futuros sobre bulbos que aún no habían sido extraídos del suelo. Los contratos cambiaban de dueño múltiples veces antes de la cosecha, y se llegaron a ofrecer bienes como carruajes, queso y propiedades a cambio de bulbos.
El 3 de febrero de 1637, en una subasta en Haarlem, no se presentaron compradores, lo que provocó una caída abrupta de los precios. El pánico se extendió entre los comerciantes. Investigaciones históricas posteriores indican que el colapso no generó una crisis económica generalizada en el país, aunque la tulipomanía quedó como un ejemplo clásico de burbuja especulativa.
En la actualidad, los Países Bajos siguen siendo uno de los principales productores y exportadores de tulipanes del mundo. La flor atrae a turistas, especialmente durante la temporada de floración, y contribuye a la economía local a través de la venta de bulbos y la organización de eventos como el Keukenhof, el jardín de flores más grande del país.
