Agustín Eugui, un productor rural de 30 años de Dolores, Uruguay, encontró la camiseta que Boca lanzó al cielo en homenaje a Miguel Ángel Russo el 11 de noviembre de 2025. La devolvió a Ignacio Russo, hijo del entrenador, y relató los detalles del hallazgo y la entrega.
A un año de la muerte de Miguel Ángel Russo, la rutina de Agustín Eugui en la localidad uruguaya de Dolores, 200 kilómetros al oeste de Montevideo, se mantiene inalterable entre el trabajo con maquinaria agrícola para la empresa familiar y los mates con amigos. Sin embargo, este productor rural de 30 años sabe que su nombre quedó conectado con la historia del entrenador.
El 11 de noviembre de 2025, un mes después del fallecimiento de Miguel a los 69 años, Agustín vivió algo que aún le cuesta asimilar. Mientras cortaba el pasto en un lote de la localidad de Cañada Nieto (430 habitantes), vio un objeto que brillaba: era la camiseta que Boca lanzó al cielo con globos en homenaje a Russo antes de jugar con Belgrano en el primer duelo tras su partida. La casaca viajó 117 kilómetros por el aire en línea recta desde La Bombonera hasta ese suelo uruguayo.
Declarado futbolero e hincha de Peñarol, Agustín consume el fútbol argentino desde que tiene memoria, pero se había perdido un detalle. “Yo sabía que Miguel venía medio jodido de salud. Lo había visto dirigiendo en el Mundial de Clubes con Boca y fue emocionante. Lo que nunca había visto fue el homenaje que se le hizo en La Bombonera. Me encontré la camiseta en el pasto y mi familia me hizo conocer el significado exacto que tenía”, recuerda al atender el teléfono.
Consciente del peso histórico del hallazgo, la honestidad marcó sus pasos. “En ningún momento pensé en hacer algo con la camiseta. No la lavé, menos iba a venderla o algo por el estilo”, asegura. Su primera reacción fue enviarle una foto a su primo, padrino de la hija de Edinson Cavani, quien se convirtió en el nexo clave de la historia. “Ahí ya sabía que se la iba a mandar a él. En el momento dijimos todos: ‘vamos a llevarla a Argentina'”, rememoró.
Ese contacto directo con el delantero boquense fue el puente para cruzar a Buenos Aires, conocer La Bombonera y entregarle la reliquia en mano a Ignacio Russo, hijo de Miguel y actual delantero de Tigre. “Me pongo a mirar las fotos y me saca una sonrisa, cada cosa que hacíamos era con mucha emoción”. Aunque no regresó con las manos vacías. “Me traje de recuerdo la camiseta de Edi y también la que Nacho usó ese día con Tigre. Tengo a las dos encuadradas en casa, son intocables”.
Durante aquellos días, la noticia cruzó el charco y la tranquilidad que Agustín acostumbraba a vivir en Dolores se vio interrumpida por una avalancha mediática. “Fue una locura porque soy alguien totalmente anónimo y al otro día el teléfono explotaba. Pensaba que los argentinos estaban locos. Si bien sabía quién era, no dimensionaba lo gigante que era Miguel”, confiesa sobre aquellos días de exposición que, admite, no disfrutó.
Pero con el torbellino de llamados ya finalizado, hoy analiza todo con mayor perspectiva. “Uno mira y a veces no le encuentra explicación a todo lo que pasó. Por algo pasan las cosas…”, agrega. El episodio lo llevó a interiorizarse sobre el legado de un técnico al que solo conocía por televisión. “Admiro la fuerza de voluntad que tenía ese hombre. Era una persona muy enfocada, responsable y dedicada a lo suyo”, reflexiona.
Ese mismo respeto fue el que lo impulsó a dar un paso al costado del ruido mediático. “Decidí dejar de hablar porque ya no tenía sentido seguir revolviendo cosas para los demás. Yo solamente tuve la dicha de hallar esa reliquia. Preferí que la familia haga el duelo en paz”, explica.
Y pensando en este primer aniversario, imagina un mensaje enviado desde arriba. “Creo que Miguel me agradecería por dejar la camiseta donde tenía que estar. Yo no la necesitaba, y capaz que para ellos recuperarla tenía un valor mucho más lindo y profundo”, sentencia.
A la distancia, el lazo afectivo con la familia Russo y el entorno boquense se mantiene latente. Todavía cruza mensajes esporádicos con Nacho Russo y con el propio Cavani. “Hace poco miré un partido de Tigre y vi que Nacho andaba haciendo goles. No le escribí porque no quiero molestar, sé que ellos están con sus cosas”, cuenta, aunque reconoce que en su corazón albinegro ahora existe un poco de azul y oro: “No soy de ningún equipo en Argentina, pero un poco me tira Boca. Ahora los voy a seguir en las semifinales de la Sudamericana”.
En Dolores, Agustín agradece haber regresado a su vida normal, aunque sabe que el anonimato total es imposible, sobre todo cuando se pone los botines para jugar de lateral derecho en el club Libertad de la liga regional. “Este año tuvimos muchos compañeros nuevos. Yo escuchaba desde lejos que decían: ‘Aquel es el que encontró la camiseta de Boca, el de la tele'”, cuenta entre risas.
Por último, convencido de que el hallazgo no fue obra de la casualidad, -“Soy creyente, puede ser que algo haya sido que dejó eso ahí”- relata una última anécdota reciente en el mismo campo donde todo comenzó: “Hace poco pasé por ese mismo campo y había un globito de helio tirado. Se lo até al tractor, le mandé una foto a mi primo y le digo: ‘ahora otro viajecito, je’. Suelen aparecer muchos globos en esa zona y todos me hacen acordar a cuando vi los azules y amarillos”.
Sabe que haber levantado esa camiseta será la historia más grande para contarles a sus nietos. Mientras tanto, prende el fuego para compartir un asado con amigos, siendo el mismo hombre que un día miró al suelo uruguayo y le devolvió un pedazo de historia al fútbol argentino.
