La viralización de un desafío que insta a menores a ausentarse de sus hogares por dos días reaviva la discusión sobre el uso de pantallas, la alfabetización digital y el rol del Estado y las plataformas en la protección de niños y adolescentes.
El reto conocido como “desaparecer por 48 horas” consiste en que un menor apague su teléfono y se ausente de su hogar durante dos días, con el objetivo de obtener interacciones en plataformas digitales. La difusión de esta práctica ha generado preocupación en distintos ámbitos.
Según estadísticas citadas en el análisis, los adolescentes argentinos pasan un promedio de 7 horas diarias frente a pantallas, un período que supera la carga horaria escolar. El texto señala que en ese tiempo el dispositivo ocupa un rol central en la vida de los menores, quienes aún no han desarrollado el discernimiento para distinguir entre la información veraz y los contenidos superficiales, con consecuencias en su concentración, aprendizaje y desarrollo cerebral.
El artículo plantea la ausencia de protocolos claros para la interacción en el entorno virtual, a diferencia del mundo físico donde existen fuerzas de seguridad, regulaciones comerciales y protocolos ante delitos. Menciona que el grooming es un delito tipificado en el Código Penal desde 2013 y que existen leyes de convivencia escolar, pero sostiene que esas normas no previenen delitos si no se traducen en programas de alfabetización digital sistemáticos y adaptados al ritmo de los algoritmos.
El texto atribuye al Estado la responsabilidad principal por la demora en regular los sistemas de retención de las redes sociales y las billeteras virtuales que, afirma, alimentan la ludopatía adolescente. Como solución, propone la construcción de una ciudadanía digital que contemple el acceso seguro a internet como un derecho y una responsabilidad compartida, con políticas públicas de prevención en las escuelas, rendición de cuentas por parte de las plataformas sobre los contenidos que empujan a los menores al límite y un rol activo de las familias en el acompañamiento parental y el establecimiento de pautas de consumo de pantallas.
El autor advierte que los riesgos digitales mutan semanalmente y menciona como ejemplos futuros posibles un nuevo desafío viral, una tentativa de tiroteo escolar o una estafa virtual clonada con inteligencia artificial. Concluye que sin asumir que la vida virtual es la vida real y sin exigir normativas dinámicas y protocolos de protección urgentes, la sociedad seguirá corriendo detrás de un algoritmo inalcanzable.
*Abogado y docente universitario. Colaborador de Fundación Lea y Fundación Metropolitana.
