El 18 de septiembre de 2014, el 55,3% de los votantes escoceses rechazó la independencia. Doce años después, los líderes nacionalistas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte firmaron un manifiesto conjunto para coordinar sus reclamos.
El Reino Unido vuelve a enfrentar un debate sobre la estructura política de las naciones que lo integran. Este lunes, los líderes nacionalistas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte firmaron en Cardiff un manifiesto conjunto para coordinar sus esfuerzos en favor del derecho de cada territorio a decidir democráticamente su futuro.
El acuerdo reúne al ministro principal escocés, John Swinney, al líder nacionalista galés Rhun ap Iorwerth y a dirigentes del Sinn Féin vinculados al Gobierno de Irlanda del Norte. Las aspiraciones de cada territorio son diferentes: Escocia busca su independencia, mientras que en Irlanda del Norte el debate gira en torno a una eventual reunificación con Irlanda.
El antecedente de 2014 recuerda hasta dónde llegó el desafío a la unidad británica. El 18 de septiembre de ese año, millones de escoceses participaron de una votación para responder la pregunta: “¿Debería Escocia ser un país independiente?”. El resultado fue la victoria del “No”, que obtuvo el 55,3% de los votos, frente al 44,7% del “Sí”.
De nación independiente a una unión de más de 300 años
Escocia fue un Estado independiente hasta el Acta de Unión de 1707, que unió sus instituciones con las de Inglaterra y dio origen al Reino de Gran Bretaña. El Partido Nacional Escocés (SNP), fundado en 1934, fue el principal vehículo del movimiento independentista. La formación llegó por primera vez al Gobierno escocés en 2007, bajo el liderazgo de Alex Salmond.
La recuperación del Parlamento escocés y el proceso de descentralización habían ampliado previamente la autonomía de Escocia dentro del Reino Unido. El triunfo del SNP y su mayoría parlamentaria abrieron un escenario inédito: por primera vez, un Gobierno escocés tenía la fuerza política suficiente para exigir que la cuestión de la independencia fuera sometida a la decisión de los ciudadanos.
El acuerdo entre Salmond y Cameron que abrió la puerta al referéndum
El Gobierno escocés y el Ejecutivo británico negociaron un acuerdo que permitió transferir temporalmente las facultades necesarias para que el Parlamento de Escocia pudiera legislar y organizar el referéndum. El acuerdo fue firmado en octubre de 2012 por el entonces primer ministro británico, David Cameron, y el ministro principal de Escocia, Alex Salmond.
Londres aceptó que una de las cuestiones más sensibles para la supervivencia del Reino Unido fuera resuelta a través de una consulta democrática y legalmente reconocida. Dos años después, Escocia llegó a las urnas.
Una pregunta simple para una decisión que podía cambiar el mapa
La pregunta elegida fue: “¿Debería Escocia ser un país independiente?”. Los votantes debían responder “Sí” o “No”. El padrón incluyó a los residentes en Escocia mayores de 16 años que cumplían con los requisitos establecidos, lo que permitió por primera vez la participación electoral de jóvenes de 16 y 17 años en un proceso de este tipo.
Más de 4,2 millones de personas estaban habilitadas para votar. La participación alcanzó el 84,6%, una de las más altas registradas en una elección o referéndum en la historia reciente del Reino Unido.
Petróleo, libra y Europa: la batalla económica detrás de la independencia
La campaña estuvo atravesada por la pregunta sobre la viabilidad económica de una Escocia independiente. Los partidarios de la separación sostenían que una Escocia soberana podría administrar directamente sus recursos naturales, entre ellos las reservas de hidrocarburos del mar del Norte y su potencial en energías renovables.
Uno de los principales puntos de discusión fue la moneda. Alex Salmond proponía mantener el uso de la libra esterlina, aunque esa posibilidad generaba dudas sobre el grado de control monetario que tendría una Escocia independiente. También se analizaban otras alternativas, como la creación de una moneda propia o una eventual incorporación al euro.
La relación con la Unión Europea era otro de los grandes interrogantes. Una Escocia independiente aspiraba a mantener sus vínculos con el bloque, pero debía resolver cuál sería el procedimiento para continuar o ingresar formalmente a la UE.
El 55% que mantuvo unido al Reino Unido
La votación del 18 de septiembre de 2014 terminó con el “No” a la independencia con 2.001.926 votos (55,3%) frente al “Sí” con 1.617.989 sufragios (44,7%). El unionismo se impuso en 28 de las 32 áreas locales de Escocia, mientras que el independentismo consiguió victorias en territorios clave, entre ellos Glasgow.
Salmond aceptó el resultado y los independentistas reconocieron el veredicto de las urnas. David Cameron interpretó el triunfo como una victoria para la unidad del país. La diferencia final fue de 10,6 puntos porcentuales.
El Brexit reabrió un debate que parecía cerrado
En 2016, el Reino Unido votó a favor de abandonar la Unión Europea. Escocia, en cambio, respaldó mayoritariamente la permanencia en el bloque. La salida del Reino Unido de la UE obligó a Escocia a abandonar la Unión Europea pese a que la mayoría de los votantes escoceses había elegido la opción contraria.
Nicola Sturgeon, sucesora de Salmond al frente del Gobierno escocés, convirtió el Brexit en uno de los principales argumentos para reclamar un segundo referéndum. Londres no estaba dispuesto a repetir el acuerdo alcanzado con Cameron y Salmond. El camino hacia una segunda consulta quedó bloqueado por el conflicto entre el Gobierno escocés y el poder central.
Escocia, Gales e Irlanda del Norte vuelven a desafiar a Londres
Doce años después del histórico referéndum, la cuestión territorial volvió a escalar en el Reino Unido. Este lunes, los líderes nacionalistas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte firmaron en Cardiff un manifiesto conjunto para coordinar sus esfuerzos en favor del derecho de cada una de sus naciones a decidir democráticamente su futuro.
El acuerdo reúne al ministro principal escocés, John Swinney, al líder nacionalista galés Rhun ap Iorwerth y a dirigentes del Sinn Féin vinculados al Gobierno de Irlanda del Norte. Aunque las aspiraciones de cada territorio son diferentes, la iniciativa expresa un cuestionamiento común a la actual estructura del Reino Unido.
El antecedente de Escocia vuelve a ocupar un lugar central. En 2014, Londres aceptó poner en juego la continuidad de la unión y ganó. El Brexit, los cambios políticos y el crecimiento de los movimientos nacionalistas volvieron a instalar la pregunta sobre hasta cuándo podrá el Reino Unido seguir siendo el mismo país.
