Un estudio de la Universidad Carleton distingue entre la preferencia por la soledad sin miedo, la timidez y la evitación social, y señala que la ansiedad es el factor que determina si estar solo resulta problemático.
Un estudio publicado por el psicólogo Robert Coplan y su colega Julie Armer, de la Universidad Carleton, propone un marco para comprender la preferencia por la soledad, diferenciando al menos tres motivaciones distintas: la timidez, la evitación y la insociabilidad.
La investigación, que se centró principalmente en niños y adolescentes, describe la soledad a partir de dos fuerzas: la atracción que siente una persona hacia los demás y el rechazo que le produce la ansiedad. Según esta perspectiva, la timidez implica un deseo genuino de conectar con otros, pero la ansiedad impide hacerlo. La evitación se caracteriza por una baja atracción hacia los demás y un deseo activo de mantenerse alejado. La insociabilidad, en cambio, es una preferencia por la soledad sin miedo, donde la persona encuentra gratificantes las actividades solitarias.
El estudio señala que, en contextos occidentales individualistas, la insociabilidad se considera una forma relativamente benigna de pasar tiempo a solas. Sin embargo, en contextos más colectivistas, la falta de sociabilidad puede interpretarse como una señal de egocentrismo y asociarse con peores relaciones interpersonales.
La investigación también indica que la edad influye en la interpretación de la soledad. Durante la adolescencia temprana, la preferencia por la soledad puede ser vista como una señal de alerta, mientras que en la adolescencia tardía se considera un signo de independencia y madurez.
Los autores concluyen que la pregunta relevante no es si alguien pasa tiempo a solas, sino cuál es la motivación detrás de esa preferencia. La versión de la soledad que merece atención es aquella impuesta por la ansiedad, el miedo al juicio ajeno o experiencias pasadas dolorosas, en lugar de la que surge de una elección libre.
