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Estrategia de desarrollo abierta de la Argentina

El reordenamiento del sistema internacional en las últimas dos décadas obliga a repensar la inserción externa como instrumento del desarrollo, según un análisis del doctor en Ciencias Económicas Juan Miguel Massot.

El acelerado reordenamiento del sistema internacional en las últimas dos décadas obliga a repensar la inserción externa como instrumento activo del desarrollo. El mundo ha cambiado radicalmente en los últimos 20 años y la geoeconomía enhebrada con la geopolítica determinan qué se puede hacer y cómo. Esta constatación implica que las oportunidades externas ya no son neutras: están condicionadas por estándares tecnológicos, controles de inversión, subsidios y estrategias de poder que configuran la demanda, el acceso a cadenas de valor y la transferencia de capacidades productivas.

La dotación de recursos naturales y su explotación no garantiza por sí sola el desarrollo. Los casos exitosos y bien diferentes de Noruega, Australia y Botswana muestran que la riqueza de recursos puede convertirse en motor de desarrollo cuando se combina con instituciones sólidas, políticas públicas que gestionan las rentas y estrategias de diversificación productiva. Noruega creó fondos soberanos y reglas fiscales para amortiguar la volatilidad. Australia articuló educación, apertura y vínculos con mercados dinámicos. Botswana transformó la renta diamantífera en inversión pública en educación, salud e infraestructura y mantuvo marcos regulatorios estables que protegieron la gestión de la renta y fomentaron la inversión productiva.

La geoeconomía siempre ha condicionado la inserción internacional porque opera mediante instrumentos no neutrales: aranceles, cupos, barreras no arancelarias (estándares tecnológicos, fitosanitarios, propiedad intelectual, reglas de origen, etc.) y subsidios que alteran la estructura de incentivos globales. Para países con un rol geopolítico marginal, pero de ingresos medios y con 50 millones de habitantes, estas herramientas limitan el acceso a tecnologías críticas y a mercados preferenciales, empujándolo hacia nichos de menor valor agregado y cadenas de valor cortas y de baja densidad. Por ello, en un mundo incierto y sesgado a la fragmentación y desigualdad de oportunidades, una inserción pasiva basada en la exportación de materias primas deja al país expuesto a shocks externos, cambios en la demanda, decisiones regulatorias de terceros y a la inestabilidad social y política por falta de expectativas favorables para la población.

Consecuentemente, para que la inserción internacional contribuya al desarrollo del país no basta con exportar más bienes altamente intensivos en recursos naturales. Se requiere una estrategia activa y flexible que articule políticas productivas, educativas, fiscales y de comercio exterior. Entre las prioridades concretas de nuestro país podemos señalar la de fortalecer cadenas agroindustriales aumentando la densidad tecnológica y el valor agregado, diversificar hacia sectores intensivos en conocimiento y servicios exportables, gestionar rentas mediante mecanismos anticíclicos y políticas regionales, desarrollar capacidades científicas y tecnológicas vinculadas al sector productivo, mejorar la calidad institucional y la burocracia para prevenir la captura por rentas sectoriales y construir alianzas estratégicas flexibles que faciliten la transferencia tecnológica y el acceso a mercados clave. Estas medidas exigen coherencia temporal, políticas persistentes, coordinación pública‑privada, una adecuada gobernanza de procesos y mecanismos que incentiven la inversión productiva sin generar distorsiones económicas permanentes que reduzcan la competitividad y el bienestar.

De esta manera, una inserción que no responda a una estrategia de desarrollo consistente puede convertirse en un ancla. La especialización primaria combinada con instituciones débiles genera vulnerabilidad macroeconómica, dependencia tecnológica y limitaciones para la suficiente creación de empleo de calidad.

Esto nos obliga a pensar también en una flexibilidad estratégica en materia económica que haga sostenible en el largo plazo el patrón productivo y de inserción internacional. Esa flexibilidad no solo debe operar internamente, sino también ser coherente con los tiempos internacionales guiados por la geopolítica y la geoeconomía de los países que lideran y liderarán este mundo convulsionado.

En conclusión, la experiencia comparada muestra que la explotación de recursos naturales puede ser una ventaja y una oportunidad si se gestionan con instituciones robustas, mecanismos de incentivos razonables y flexibles, políticas anticíclicas y una visión de largo plazo orientada a una diversificación productiva posible y competitiva. En caso contrario, persistirán las barreras exógenas y endógenas que han impedido por largas décadas que el país ingrese en un sendero de desarrollo económico y social sostenido.

(*) Doctor en Ciencias Económicas. Analista económico y docente universitario.

por Juan Miguel Massot

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