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Qué dice la psicología sobre las personas que duermen con una luz prendida

Especialistas advierten que la costumbre de dejar focos prendidos durante la noche altera los ritmos circadianos; esta práctica está vinculada a deficiencias en la calidad del sueño y posibles afecciones físicas a largo plazo.

El hábito de dormir con una luz encendida, ya sea de una lámpara, el televisor o la iluminación de pasillos, es una práctica frecuente tanto en niños como en adultos. Según la psicología del sueño, las razones principales para evitar la oscuridad total incluyen el miedo a lo desconocido, que genera ansiedad y búsqueda de seguridad, la dificultad para gestionar pensamientos intrusivos antes de dormir o incluso la presencia de trastornos como el insomnio y la apnea.

María José Martínez Madrid, coordinadora del grupo de trabajo de Cronobiología de la Sociedad Española del Sueño (SES), explicó en el portal especializado Cuidate Plus que el sistema circadiano regula el ritmo sueño-vigilia mediante un reloj interno ubicado en el hipotálamo. La presencia de luz artificial, incluso a baja intensidad, inhibe la producción de melatonina, hormona esencial para un sueño reparador. Ana Fernández Arcos, representante de la Sociedad Española de Neurología (SEN), sostuvo que la oscuridad total es un requisito indispensable, sobre todo en los jóvenes, quienes demuestran una mayor sensibilidad a los estímulos lumínicos.

Las especialistas señalaron que encender un foco brevemente, por ejemplo al ir al baño, interrumpe el ciclo biológico al eliminar la melatonina presente en el organismo, dificultando la posibilidad de conciliar nuevamente un sueño profundo. Recomiendan el uso de linternas de baja intensidad para reducir la interferencia luminosa.

La privación de un descanso reparador está vinculada a déficits cognitivos, problemas de atención y un incremento en el riesgo de sufrir accidentes laborales o de tráfico. A largo plazo, la literatura científica vincula la exposición inadecuada a la luz durante la noche con afecciones metabólicas como la obesidad, enfermedades cardiovasculares y trastornos de la salud mental. Investigaciones recientes relacionan este hábito con patologías neurodegenerativas como el Alzheimer y el Parkinson.

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