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Estudio cuestiona la relación entre lácteos enteros y riesgo cardiovascular

Una revisión científica publicada en la revista Frontiers in Nutrition analizó durante una década estudios sobre el consumo de lácteos enteros y su impacto en la salud cardiometabólica, sin encontrar una asociación significativa con efectos adversos.

Durante décadas, los lácteos enteros ocuparon un lugar negativo dentro de las recomendaciones nutricionales tradicionales debido a su alto contenido en grasas saturadas, lo que llevó a muchas guías nacionales a promover el consumo de versiones descremadas. Sin embargo, una creciente cantidad de investigaciones está cuestionando esa visión.

Una revisión científica realizada por investigadores de la Universidad de Vermont y publicada en la revista médica Frontiers in Nutrition compiló estudios publicados durante una década para evaluar la relación entre el consumo de lácteos enteros y distintos indicadores de salud cardiometabólica, como obesidad, diabetes tipo 2, inflamación, presión arterial, colesterol y riesgo cardiovascular general.

La principal conclusión fue que en la mayoría de las investigaciones revisadas no se encontró una asociación significativa entre el consumo habitual de lácteos enteros y efectos adversos directos sobre la salud cardiometabólica. Algunos trabajos incluso detectaron posibles beneficios, especialmente en productos como la leche y el yogur.

“La evidencia científica está evolucionando hacia una comprensión mucho más amplia de los alimentos. Hoy sabemos que no alcanza con analizar un nutriente en particular, sino que también importa la estructura del alimento, su matriz y la interacción entre sus componentes”, explicó María Elena Torresani, licenciada y doctora en Nutrición e integrante de Profeni.

Uno de los conceptos centrales es el de “matriz alimentaria”, que en los lácteos se refiere a la compleja organización física y química que determina cómo interactúan grasas, proteínas, minerales y otros compuestos. La grasa láctea contiene ácidos grasos de cadena corta y media, fosfolípidos, esteroles y proteínas que podrían influir en el procesamiento del organismo.

Entre los compuestos de interés científico se encuentran el ácido butírico, asociado con propiedades antiinflamatorias, y el ácido linoleico conjugado (CLA), considerado con potencial efecto cardioprotector. La nutricionista Bárbara D’Angelis señaló que cuando los lácteos se someten a procesos industriales que reducen su contenido graso, se pierden moléculas como el ácido butírico, que contribuye a metabolizar vitaminas esenciales como la A, la D y la K.

La revisión cita el estudio británico EPIC-Norfolk, que observó que reemplazar grasas saturadas de carnes por grasas de origen lácteo podría asociarse con una reducción del riesgo cardiovascular. Otros trabajos encontraron posibles asociaciones entre el consumo de grasa láctea y una menor incidencia de diabetes tipo 2, síndrome metabólico y menor ganancia de peso corporal a largo plazo.

“El mensaje no es que todos los alimentos sean equivalentes ni que exista un único alimento protector. Lo importante es comprender cómo se integran dentro de un patrón alimentario global, variado y equilibrado”, detalló Mónica Katz, médica especialista en Nutrición y expresidenta de la Sociedad Argentina de Nutrición.

Los especialistas advierten que estos resultados no deben interpretarse como una habilitación total para consumir cualquier cantidad de productos lácteos. Las guías continúan promoviendo patrones alimentarios equilibrados, con frutas, verduras, proteínas de calidad, cereales integrales y productos lácteos en cantidades adecuadas.

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