Un fosa común hallada en la ciudad de Jerash ofrece nuevas evidencias sobre una de las pandemias más letales de la antigüedad, que causó hasta 50 millones de muertes en el Imperio bizantino.
Aunque la pandemia de COVID-19 marcó a una generación en el siglo XXI, la historia demuestra que las crisis sanitarias globales no son un fenómeno nuevo. Una antigua fosa común descubierta en la ciudad de Jerash, en Jordania, aportó nuevas evidencias sobre una de las pandemias más devastadoras de la antigüedad, conocida como la peste de Justiniano. Este brote, que se extendió por el Imperio bizantino entre los años 541 y 750 d.C., habría causado la muerte de hasta 50 millones de personas.
Un reciente estudio realizado por la Universidad del Sur de Florida y la Universidad Atlántica de Florida logró reconstruir el impacto humano detrás de la tragedia. El estudio, liderado por Rays HY Jiang, analizó una fosa común con cientos de cuerpos. Los restos fueron hallados sobre fragmentos de cerámica rota en una zona pública abandonada, lo que sugiere que las prácticas funerarias colapsaron frente al avance de la enfermedad.
“Queríamos ir más allá de la identificación del patógeno y centrarnos en las personas”, explicó Jiang, quien destacó que durante siglos solo se contaba con relatos escritos. “Nuestros hallazgos aportan la pieza que faltaba en este rompecabezas, ofreciendo la primera perspectiva genética directa sobre cómo se desarrolló esta pandemia en el corazón del imperio”, añadió.
Los análisis confirmaron la presencia de Yersinia pestis, responsable de la infección; la misma produce en el cuerpo humano la peste pulmonar, la peste bubónica y también la peste septicémica. Pero el avance clave de la investigación se centró en el hallazgo de evidencia biológica directa de esta bacteria dentro del propio Imperio Bizantino, cerca del epicentro histórico del brote.
Según detalló Greg O’Corry-Crowe, coautor del estudio, el equipo logró recuperar ADN antiguo de ocho dientes humanos excavados en cámaras funerarias bajo el antiguo hipódromo romano de Jerash. El análisis genómico reveló cepas casi idénticas de la bacteria, lo que sugiere un brote rápido y devastador, en línea con los relatos históricos. Este dato no es menor, ya que hasta ahora, los rastros de Yersinia pestis se habían encontrado a miles de kilómetros, en pequeñas aldeas de Europa occidental, pero no dentro del núcleo del imperio.
Este descubrimiento, por lo tanto, confirma que la pandemia golpeó de lleno a sus centros urbanos más importantes. Jerash, que había sido un próspero centro comercial, se transformó en un escenario de colapso. “Un lugar construido para el entretenimiento y el orgullo cívico se convirtió en un cementerio masivo”, explicó Jiang, en referencia al hipódromo donde se acumularon los cuerpos.
El estudio también reveló cómo la pandemia alteró la dinámica social, al punto que personas que en tiempos normales habrían estado dispersas terminaron enterradas juntas. Esto dejó en evidencia el nivel de desorganización y urgencia que provocó la enfermedad en aquella época, algo con cierta similitud con lo sucedido durante la pandemia de coronavirus.
Aunque hoy es poco común, la bacteria Yersinia pestis todavía circula en distintas partes del mundo. En julio, un residente del norte de Arizona murió por peste neumónica —la forma más letal de la infección—, en el primer caso fatal registrado en Estados Unidos desde 2007. Además, recientemente se confirmó otro contagio en California. Estos episodios refuerzan la idea de que las pandemias no son solo capítulos cerrados de la historia, sino fenómenos que pueden reaparecer si no son vigilados por los organismos internacionales de salud.
