Entre 1900 y 1904, un pequeño pueblo sevillano fue escenario de una serie de asesinatos ligados al juego clandestino y la codicia. Seis hombres desaparecieron hasta que sus cuerpos fueron hallados enterrados en un huerto.
En las noches silenciosas de comienzos del siglo XX, los hombres de un pequeño pueblo sevillano comenzaron a desaparecer. Llegaban atraídos por la afición del juego y desaparecían sin dejar rastro. Algunos decían que se habían fugado. Otros, que habían perdido todo y no podían volver.
Entre 1900 y 1904, Peñaflor, una localidad ubicada entre Sevilla y Córdoba, se convirtió en el escenario de una cadena de asesinatos marcada por el juego clandestino, las estafas y la codicia. Detrás de todo estaban Juan Andrés Aldige, conocido como ‘el Francés’, y José Muñoz Lopera, apodado ‘el Mosca Verde’.
El pueblo se encontraba rodeado de campos fértiles y trabajos rurales, pero también de una violencia cotidiana. Eran frecuentes las disputas por tierras, los robos, las estafas ligadas a las ferias y apuestas. En ese contexto, apareció Juan Andrés Aldige, un hombre llegado desde Francia después de haber escapado por acusaciones de fraude.
En Peñaflor compró un terreno cerrado por una alta tapia de ladrillo. Allí había árboles frutales y una pequeña vivienda extraña, sin puertas que dieran al campo y con catorce ventanas que daban a la cocina. Nadie entendía demasiado cómo vivía aquel hombre que no parecía trabajar, pero tampoco tenía problemas económicos.
Dentro de esa casa, organizaba partidas clandestinas de ‘El Monte’, un juego popular de cartas en la región. Las apuestas duraban horas y muchos terminaban arruinados. Con el tiempo, el francés se ganó fama de tramposo y estafador. Su socio, José Muñoz Lopera, era un hombre hábil para seducir potenciales jugadores.
Mientras el Francés preparaba las partidas, el Mosca Verde recorría pueblos, ferias y fiestas buscando víctimas. Les hablaba de apuestas secretas donde podían ganar hasta 50 mil pesetas —unos 300 euros de hoy en día—, una cifra descomunal para la época.
El negocio funcionaba como estaba previsto. Los jugadores llegaban al huerto creyendo que participarían de una noche clandestina de apuestas. Durante la partida, los hombres iban perdiendo dinero hasta que quedaba uno solo. Si el último jugador también perdía, el dinero quedaba en manos de los organizadores. Pero si ganaba, el plan cambiaba.
El francés y José Muñoz le advertían que salir por la puerta principal era peligroso. Le hacían creer que algún perdedor podía estar esperándolo para asaltarlo. Entonces lo hacían pasar por la parte trasera del huerto. El recorrido terminaba cerca de una noria y empezaba la emboscada.
Según reconstruyó después la investigación, el francés pronunciaba una frase que funcionaba como señal: ‘Ten cuidado, Pepe, de que este señor no tropiece con la cañería’. Cuando la víctima bajaba la cabeza para esquivar el obstáculo, recibía un golpe seco en el cráneo. Después lo remataban con un mazo. Los cuerpos eran robados, desnudados y enterrados en fosas cubiertas con cal viva dentro del mismo terreno.
La primera víctima conocida fue José López Almela, desaparecido en agosto de 1900. Después llegaron Mariano Benito Burgos, Enrique Fernández Cantalapiedra, Federico Llamas de la Torre, Félix Bonilla Padilla y Miguel Rejano. Durante años, las desapariciones quedaron envueltas en rumores y confusión.
Muchos de los hombres desaparecidos tenían vínculo con el juego o las apuestas, pero la policía no lograba conectar los casos. Su primo, Juan Moedano, decidió investigar por cuenta propia después de recibir un telegrama desesperado de la esposa de Miguel. Siguiendo pistas, descubrió que antes de desaparecer Rejano había estado reunido con José Muñoz.
Las averiguaciones llevaron a Moedano hasta Peñaflor y hasta los rumores sobre las partidas clandestinas organizadas en el huerto del francés. Mientras tanto, comenzaron a aparecer cartas anónimas. Una de ellas decía: ‘Busquen a tu marido en Peñaflor. Tu marido está enterrado en el huerto’.
Al principio no encontraron nada. Pero el 15 de diciembre de 1904, Juan Moedano llevó unas varillas de hierro y comenzó a clavarlas en distintos sectores del huerto para detectar olor a descomposición. Frente a un granado apareció un hedor insoportable. Cavaron. Lo primero que salió de la tierra fue una calavera con una fractura brutal en el cráneo. Después aparecieron más cuerpos. En total encontraron seis cadáveres enterrados dentro del terreno.
Las autopsias revelaron el mismo patrón: golpes violentos en la cabeza provocados con un objeto contundente. José Muñoz fue detenido poco después. El francés regresó días más tarde y se entregó. La noticia desató la furia de los vecinos de Peñaflor, que intentaron lincharlos. Durante los interrogatorios, ambos intentaron culparse mutuamente.
El juicio comenzó en Sevilla en marzo de 1906. La cantidad de pruebas era abrumadora. Las declaraciones, las cartas de las víctimas, los testimonios y los cuerpos encontrados en el huerto construían un escenario imposible de disfrazar. Los acusados intentaron despertar compasión. José Muñoz apareció enfermo, recostado en un sillón y rodeado de enfermeros. Apenas hablaba. Su abogado insistió en que no estaba en condiciones de enfrentar el juicio.
