12.7 C
Buenos Aires
InicioSociedadEnrique Moreno, cirujano de 86 años: "Tenemos la obligación de tratar de...

Enrique Moreno, cirujano de 86 años: “Tenemos la obligación de tratar de curar a los enfermos sin que importe lo mayores que sean”

El cirujano español Enrique Moreno González, de 86 años, continúa operando y acaba de publicar el libro ‘Trasplantes’. Fue jefe del Servicio de Cirugía General y Digestiva del Hospital 12 de Octubre de Madrid entre 1973 y 2014 y recibió el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 1999.

El cirujano Enrique Moreno González (Madrid, 1939) alcanzó notoriedad hace décadas por su trabajo y sus resultados. Hace 40 años, cuando la tecnología biomédica era limitada, asumió retos quirúrgicos de alta complejidad. Esas cualidades le valieron la concesión del Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 1999.

Fue jefe del Servicio de Cirugía General y Digestiva del Hospital 12 de Octubre de Madrid entre 1973 y 2014, y en el Hospital La Luz hasta la actualidad. Ha intervenido a miles de ciudadanos anónimos y a decenas de personalidades, entre ellos Raphael, Cayetano Martínez de Irujo, Leopoldo Calvo Sotelo o María Teresa Fernández de la Vega, aunque el doctor evita decir sus nombres. Sobre ellos ha ejecutado técnicas de alta complejidad y prolongados tiempos quirúrgicos. Ni la condición social ni la edad del paciente han condicionado su actividad. “Nuestra obligación es tratar de curar a los enfermos y, sobre todo, que vivan con calidad de vida”, declaró a La Vanguardia.

Moreno mantiene consulta en la sanidad privada y sigue operando, aunque ahora se recupera de una intervención de rodilla. Piensa hacerlo hasta que “mis enfermos lo acepten y mis estupendísimos colaboradores cirujanos no me adviertan de que estoy perdiendo habilidades”, confiesa.

La rodilla le ha limitado su trabajo en el quirófano, pero no ha frenado su actividad intelectual. Acaba de publicar el libro Trasplantes (Editorial Panamericana), un tratado de mil páginas en el que han colaborado 171 autores y que se ha presentado en la Real Academia Nacional de Medicina de España (RANME), de la que es académico.

Pregunta: Viene de una familia de estomatólogos (su padre y su hermano lo eran). ¿En qué momento decide ser cirujano?

Respuesta: Me gustaba dibujar, estudiar y revisar libros, la cirugía experimental, desde la disección de una rana hasta un dibujo… Muchas personas se miran los brazos y las piernas y no le dicen nada, pero al que tiene la vocación de fisiología y de la física, se mira las extremidades y en sus mismas manos aprende anatomía. La vocación inicial se transforma en una vocación fuerte.

P: Tiene cuatro hijas que son médicos, y de sus tres hijos pequeños, uno ya ha dicho abiertamente que va a estudiar medicina. ¿Hasta qué punto influyen los padres en la vocación de los hijos?

R: Los hijos ven lo que hacemos los demás, y ven también el cariño que nos tienen los pacientes; ven enfermos que estaban destinados a morir y se salvan, y muchos años después siguen llamándote con mucho cariño y van a las consultas. Hay una transmisión oral —yo diría que también espiritual— que los hijos captan rápidamente, y se dan cuenta de que la práctica de la medicina que ven de los padres les traslada a un escenario social y espiritual de dedicación a los demás, de sentir pena por un enfermo; también se interesan por los libros, por la intensa actividad que tienen los médicos… Por otra parte, hay otros con menos vocación o que simplemente sienten que también tienen que disfrutar de la vida, porque se dan cuenta a través de sus padres de que los médicos no tienen horario y que la sociedad les necesita.

P: Ha aludido a la parte espiritual. ¿Para ser médico se ha de tener un sentimiento espiritual intrínseco, de servicio a los demás?

R: Sí, yo creo que es fundamental. Recuerdo a una mujer de avanzada edad a la que operé. Mi padre me preguntaba sobre su evolución y si la quería; yo le respondí que la abrazaría para darle mi calor y mi cariño, y que no tendría la sensación de abrazar a una anciana, sino a una paciente que necesita al médico, no las estructuras que le rodean. Ese sentimiento desapareció al darle el alta, porque ya no necesitaba un médico, sino a sus hijos y a su familia. Mientras el médico actúa, ocupa un papel preferente dentro de la familia, porque hay que tratar al paciente, a los hijos que están sufriendo por su familiar, y hay decisiones muy difíciles que debe tomar el médico, pero siempre de acuerdo con los familiares y con un respeto social muy importante.

P: Habla de una paciente de edad avanzada y usted ha sido un precursor en este sentido; hace décadas intervenía a personas con las que nadie se atrevía.

R: El cirujano debe tener confianza en sí mismo. Debe tener carisma para atraer a los enfermos y que estos confíen. Si el enfermo confía en el médico, entre los dos forman un todo en el que también participa la familia, que te mira con respeto y, sobre todo, con confianza. El médico debe involucrarse con los pacientes y sus familias; no puede salir del hospital sin que un familiar lo identifique y le recuerde, incluso que le dé un abrazo. Esa es nuestra energía. Nos la transmite la vocación y luego la experticia, después la experiencia que vamos teniendo con los años y, fundamentalmente, la familia y el enfermo, que se agarra a nuestra mano y sabe que vamos a hacer todo lo posible para que se cure.

P: En el ámbito de los trasplantes, durante los primeros años la legislación era muy estricta y los 50 años era la barrera para ser donante y receptor de órganos. Ahora, el límite de edad casi ni existe. ¿Cómo ha cambiado ese concepto y qué dificultades tiene operar a alguien de edad muy avanzada?

R: Esto me recuerda a una personalidad relevante del mundo social y de la política que llegó a la consulta para operarse de dos hernias inguinales reproducidas. Su característica especial era que tenía 90 años. En la universidad teníamos una relación fantástica con Suiza y venían cirujanos a aprender de nuestro servicio, y yo le pregunté qué interés tenía en que aprendieran sobre él los cirujanos suizos. A pesar de la edad, me oyó perfectamente, se rio y dijo: ‘Lo que sucede es que siempre me gustó esquiar y le tengo cariño a Suiza’. Operé a esa persona y falleció a los 101 años, once años después. Es decir, como yo digo, Dios nos da un chicle que va perdiendo el sabor con el tiempo, pero mantiene la elasticidad y seguimos masticando. Por ello, nuestra obligación es tratar de curar a los enfermos y, sobre todo, que vivan una vida de calidad (aunque no siempre se cumpla).

P: ¿Recuerda algún otro caso?

R: En otra ocasión intervine a una mujer de una familia de la que yo había operado a algunos miembros. Tenía de 84 años, un cáncer de estómago y alzhéimer. Cuando fui a la habitación a ver a la enferma, me dijo: ‘Doctor Moreno, le estaba esperando’, Y yo respondí: ‘Caramba con el alzhéimer’. La operé y después vivió 15 años. Es decir, hay una forma de tener edad y de envejecer. Es cierto que los tiempos han cambiado, pero ahora tenemos una ciencia que nos permite prolongar la vida y, además, vida de calidad.

P: Hay muchas leyendas en torno al quirófano. Personalmente, ¿qué es lo que más le puede impresionar?

R: La gran ventaja que tiene el cirujano, y la gran mayoría de las veces se cumple, es la de contar con un equipo de enfermería experto, con una excelente dedicación a su trabajo, a pesar de que en ocasiones la intervención se prolonga durante muchas horas. En Estados Unidos, en una operación de 36 horas con el doctor Thomas Starzl, yo pensaba: ‘Estamos todos locos’. Lo que quiero decir es que esa responsabilidad espiritual de la que hablábamos depende, sobre todo, del equipo: en el quirófano, además de los cirujanos, la enfermera, la auxiliar y el celador forman parte de un equipo que confía plenamente en el cirujano, que no es el que dice por dónde ir. En los quirófanos no se habla (algunos ponen una música; yo nunca lo he hecho, pero me parece muy bien), ni hay que buscar elementos de distracción. Todo, al final, depende de las personas y no de la titulación. Luego, cuando el cirujano toma el bisturí y comienza la sección de la piel del paciente —que ya es una persona conocida, querida y respetada—, siente la responsabilidad de que está haciendo la incisión para buscar dentro la enfermedad y erradicarla.

P: Acaba de hablar de Thomas Starzl, que fue el autor del primer trasplante hepático en el mundo. En España el primero lo llevó a cabo el equipo del doctor Carlos Margerit en el Hospital de Bellvitge. Meses después, su equipo del Hospital 12 de Octubre realizó un trasplante hepático. Sin embargo, su grupo sí fue el primero en el mundo en realizar con éxito un trasplante hepático a una mujer embarazada en 1990.

R: El trasplante no es una escalera, es una forma más que va afinándose con el paso del tiempo. ¿Cómo operamos a una embarazada? Solo por conocimiento. En aquel caso se respetó a la madre y al feto. El embarazo, anatómicamente, tiene una serie de características que permiten aislar el útero; los excelentes anestesistas mantuvieron hemodinámicamente a la enferma y nosotros actuamos en el comportamiento superior. El feto tenía su placenta, el útero que le protegía de la madre; el útero tenía sus venas y sus arterias, así que lo que debíamos hacer era ocuparnos de un compartimento que anatómicamente está más arriba, que es el hígado, de tal forma que el organismo de la enferma casi no se diera cuenta de que estábamos actuando.

P: ¿Todo fue bien?

R: Todo fue bien. El hígado funcionó perfectamente desde el primer momento y después se llevó a cabo el parto a través de una minicésarea. De esto hace ya 36 años, y hablando con esa mujer, me dice que el hijo, con casi 40 años, todavía le da la lata… Si se sabe poner bien, el hígado no plantea mayores problemas. Es un órgano muy regenerativo, muy importante, pero puede ser nuestro amigo o nuestro enemigo. Pero para que sea así, el cirujano tiene que estar preparado; eso requiere mucho tiempo de estudio.

P: Acaba de pasar por una operación de rodilla. ¿Le asusta entrar a un quirófano?

R: La verdad es que no. El anestesista es maravilloso (del grupo de anestesistas que he tenido yo); los cirujanos traumatólogos son extraordinarios y me han cuidado muy bien.

Muchas veces, los médicos son hipocondriacos porque saben mucho; pero, a la vez, saber también evita tener miedos que no existen. Creo que los médicos tenemos dos mitades: una nos permite vivir sin miedo a que nos ocurra algo, y la otra es la enorme confianza que tenemos en el procedimiento, porque sabemos calcular hasta dónde va a llegar el conocimiento del cirujano para darle más seguridad en el resultado de la intervención. En el quirófano, el cirujano enfermo se encuentra en un ambiente familiar.

P: Usted tiene una segunda esposa que es más joven que usted. ¿Rejuvenece estar con una pareja mucho más joven y tener hijos adolescentes?

R: Lo que tiene uno, y se da cuenta de ello, es la responsabilidad. Uno no va a disfrutar de los años de universidad de los hijos, aunque tengo la suerte de que mis hijos pequeños son listos y estudiosos. Me llevo con mi esposa 30 años. ¿Eso rejuvenece? No. Ella había sido mi instrumentista durante muchos años y nos conocemos perfectamente, pensamos igual y sufrimos igual por los pacientes. Forma parte de mi mismo ambiente y eso es muy importante. El matrimonio y las relaciones entre personas son cosas muy serias, y cuando uno da este paso es por algo. Y en la parte emotiva, en las relaciones de pareja, hay que ser suficientemente exigentes con uno mismo. Te das cuenta de que hay una vida y, llegado un momento, hay que dar el paso, el que sea, para buscar la felicidad.

P: Se ve en usted el respeto que siente hacia sus pacientes, tanto los anónimos de la sanidad pública (el Hospital 12 de Octubre atiende a la población de barrios humildes de Madrid) como los famosos.

R: Lo que está claro es que entre mis pacientes prevalecen aquellos que han sido menos afortunados, pero las personas importantes nos dan muchas lecciones. Tuve la gran suerte de operar en dos ocasiones al expresidente Leopoldo Calvo Sotelo y llamaba la atención la humildad y la forma de ser de ese matrimonio. Las personas importantes lo son por trabajo, por herencia o por diferentes razones… Mucha gente aparentemente opulenta y orgullosa no lo es realmente; la mayoría ha trabajado mucho y le ha dado un ejemplo a sus hijos. En eso es en lo que debe pensar la gente.

P: Aunque haya bajado el ritmo, continúa trabajando. ¿Piensa jubilarse?

R: Llega un momento en el que la jubilación nos lleva al júbilo, pero creo que hay personas que podrían seguir trabajando, aunque sean muy mayores, y sería muy bueno, porque tienen muchísima experiencia. Debería considerarse. En el caso personal, me ampliaron el tiempo dentro de la Universidad y de la actividad hospitalaria; se me extendió el tiempo para jubilarme como a otras personas. Hay un decreto ley que permite que una persona que se demuestra útil pueda seguir trabajando, aunque sin recibir ningún estímulo económico, como mínimo hasta los 75. En mi caso, lo hago con 86 años, y alguien puede decir que puede ocurrir algo durante la intervención. Cuando me preguntan cuándo me voy a jubilar, yo respondo que cuando llegue el momento. Puede pasar que tú te consideres útil, pero la gente diga: ‘Uy, cómo está este hombre’. Tengo la gran suerte de tener unos cirujanos colaboradores estupendísimos, y si yo me extralimito porque empiezo a perder habilidades, ellos me lo dirán y no me voy a ofender. Espero que después de la cirugía de rodilla pueda empezar a pensar en si debo seguir con mis enfermos, siempre que yo no les ofenda (en el sentido profesional).

P: ¿Quiere dejar un mensaje final?

R: En esta época vemos que lo que hace el mundo es construir, destruir y reconstruir. Es una pena, porque perdemos una enorme cantidad de tiempo, de espíritus buenos y de niños pequeños que no han tenido tiempo de estudiar porque les cae una bomba. Desgraciadamente, vemos que hay una clase en el mundo, en la dinámica de las sociedades, que no debería estar donde está.

Ángeles Gómez

MAS NOTICIAS
NOTICIAS RELACIONADAS