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El intercambio entre Villarruel y la bancada libertaria reaviva tensiones en la alianza de gobierno

El cruce de mensajes entre la vicepresidenta Victoria Villarruel y la jefa de la bancada libertaria en el Senado generó especulaciones sobre posibles fisuras en la coalición que sostiene al presidente Javier Milei.

El intercambio de mensajes entre la vicepresidenta Victoria Villarruel y la jefa de la bancada libertaria en el Senado fue señalado como un posible punto de inflexión en la alianza que llevó y mantiene en el gobierno a Javier Milei. El concepto psicológico de “egoísmo implícito” sugiere que las personas tienden a preferir aquello que se asemeja a sí mismas, incluso su nombre. En ese marco, los nombres de Villarruel y Patricia Bullrich fueron asociados a dos corrientes políticas de la derecha: Victoria como triunfo y fuerza, Patricia como tradición y elite.

Según el libro Historia de las derechas en Argentina, de los investigadores del Conicet Ernesto Bohoslavsky y Sergio Morresi, la evolución de esa corriente política desde fines del siglo XIX hasta Milei refleja constantes identitarias entre dos grandes familias: la conservadora liberal y la nacionalista reaccionaria. La primera, vinculada a un modelo económico neoliberal; la segunda, a cierto corporativismo estatal. En el presente, Bullrich representaría a la primera y Villarruel a la segunda.

En un reportaje en el programa de las mañanas de Perfil, Bohoslavsky afirmó que la pandemia produjo “un proceso de acercamiento entre distintas agrupaciones, tribus, sensibilidades de derecha, desde neonazis hasta neorrepublicanos, que van cruzando lecturas, compartiendo consignas, estableciendo un ‘nosotros’ que hasta aquí había sido imposible”. Milei sería heredero y significante de ese proceso.

Milei agregó otros componentes. Las dos principales tribus de la derecha argentina tuvieron históricamente un enemigo común: el radicalismo revolucionario de Yrigoyen, el anarquismo sindical, el peronismo, el comunismo y nuevamente el peronismo. Durante setenta años, el antiperonismo fue un sentimiento compartido por ambas familias, con la incorporación del término populismo como sinónimo. Milei desplazó ese punto de inicio: no es antiperonista, sino antikirchnerista, y ubica el origen de la decadencia nacional no en 1945, como sostenía Macri y el PRO, sino en 1910, con el voto universal masculino de la Ley Sáenz Peña. Milei es más crítico de Alfonsín que de Perón, evoca a Menem y conquistó parte de los votantes peronistas de clase baja, desplazando al kirchnerismo bajo el sinónimo de progresismo. Milei habla del comunismo como enemigo, no del peronismo.

Históricamente existió una derecha popular representada por líderes de audiencia mediática como Héctor Ricardo García (diario Crónica) y Daniel Hadad (Radio 10), que defendían desde la invasión a Malvinas en los años 70 hasta a los Carapintadas en los 90. Esa derecha tenía vergüenza de asumir su representación política hasta que encontró en Milei a un líder que encarna una derecha popular sin vergüenza y con orgullo.

La elite económica fue la representante no electoral de la derecha. Murray Rothbard, en Right-Wing Populist, propuso un populismo de derecha con tono antiestablishment, que confronta tanto a las izquierdas como al establishment de derecha mainstream. Se construyó una subjetividad orgullosamente de derecha pero ubicada en el hemisferio bajo de la política, con militantes que ponen en valor su procedencia social baja o media baja y consumos culturales que les permiten autodenominarse “los peronchos del libertarismo”, contra los “viejos meados” que respetan formas anquilosadas.

Macri inició la separación crítica del kirchnerismo del peronismo y la cooptación de cuadros afines, pero la competencia electoral lo arrastró al posicionamiento antiperonista histórico del radicalismo. La alianza de Cambiemos, que incluía al radicalismo y la Coalición Cívica, era de naturaleza distinta a la de Milei. El republicanismo y el desarrollismo del PRO poco tienen que ver con La Libertad Avanza en términos culturales, aunque comparten lineamientos económicos neoliberales. El PRO y otros integrantes de Juntos por el Cambio enfrentan una disyuntiva existencial: comparten el “rumbo” económico con LLA y la cultura cosmopolita con el progresismo no kirchnerista.

Durante la semana surgió la versión, instalada presuntamente por el sector más cercano a Cristina Kirchner, de que el peronismo podría dividirse electoralmente entre Kicillof y el “cristinismo”. Esa versión conjetura que el campo oficialista también se dividiría, empoderando al PRO a separarse de LLA al ver que el PJ no iría unido. Otra posible división del campo oficialista sería que las dos grandes familias políticas de la derecha que convergen bajo el liderazgo de Milei se desmiembren: la nacional reaccionaria de Villarruel, que defiende valores y propone modelos económicos diferentes al presidente, podría presentar candidaturas propias. Queda por ver qué pago estaría dispuesta a recibir Patricia Bullrich para continuar en LLA o si intentará una alternativa electoral propia con su partido Unión por Todos.

El libertarismo es iliberal: critica lo que llama el “régimen demoliberal”. No cuestiona las elecciones pero sí el sistema republicano de división de poderes, pluralismo político, derechos de las minorías, garantías civiles y libertad de prensa. La pregunta es si perdurará el fusionismo de la derecha en LLA y si la derecha liberal republicana y la nacionalista reaccionaria aceptarán ser absorbidas por Milei. Villarruel, Bullrich y Macri lo decidirán.

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