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La movilidad cognitiva: el desafío olvidado en la planificación urbana

Un libro reciente propone ampliar la mirada sobre la accesibilidad en las ciudades, incorporando barreras cognitivas y sensoriales que afectan a millones de personas en su desplazamiento diario.

Cada mañana, millones de personas atraviesan estaciones de tren, terminales de colectivos, subtes y aeropuertos siguiendo una misma lógica: llegar lo antes posible a destino. Durante décadas, las ciudades diseñaron sus sistemas de movilidad persiguiendo ese objetivo. Reducir tiempos de viaje, aumentar la velocidad comercial, mejorar la frecuencia de los servicios o disminuir la congestión se convirtieron en los principales indicadores del éxito.

Pero existe una pregunta que rara vez forma parte de la planificación urbana: ¿qué tan fácil es comprender el recorrido? Moverse por una ciudad no consiste únicamente en trasladarse físicamente de un punto A a un punto B. También implica interpretar información, anticipar situaciones, tomar decisiones, adaptarse a cambios inesperados y desenvolverse en entornos muchas veces caóticos y sobreestimulantes. En otras palabras, antes de mover el cuerpo, la ciudad obliga a mover la mente.

La ciudad también se recorre con la cabeza. Es allí donde aparece un desafío que todavía ocupa muy poco espacio en la agenda pública: la movilidad cognitiva, entendida como la capacidad de una persona para comprender, anticipar y recorrer la ciudad con autonomía. Cuanto menor sea el esfuerzo mental necesario para orientarse, interpretar señales o enfrentar cambios, más inclusiva será esa experiencia de movilidad.

Durante años se habló de accesibilidad casi exclusivamente en términos físicos: rampas, ascensores, pisos podotáctiles o unidades adaptadas. Sin embargo, existen otras barreras, mucho menos visibles, que afectan diariamente a millones de personas. ¿Qué ocurre cuando una estación cambia de andén sin una comunicación clara? ¿Cuando un recorrido habitual se modifica inesperadamente? ¿Cuando la información está saturada de estímulos visuales? ¿Cuando un anuncio sonoro resulta incomprensible? ¿O cuando el ruido, las luces y la cantidad de personas convierten un viaje cotidiano en una experiencia de enorme estrés?

Para muchas personas dentro del espectro autista, estos factores pueden transformar un trayecto aparentemente simple en un desafío enorme. Sin embargo, también lo viven adultos mayores que procesan la información con mayor lentitud; turistas que no conocen el idioma; personas con discapacidad intelectual; niños que comienzan a desplazarse solos; personas con ansiedad e, incluso, cualquiera cuando aterriza por primera vez en una ciudad desconocida.

Precisamente esa reflexión dio origen a Ciudades Azules, el libro publicado recientemente junto a Álvaro García Resta en Editorial El Ateneo. Allí se propone ampliar la mirada sobre la accesibilidad y se plantea que las ciudades no solo deben eliminar barreras físicas, sino también cognitivas y sensoriales. La buena noticia es que muchas de estas barreras no requieren grandes inversiones en infraestructura, sino un cambio de enfoque: una señalización más clara, recorridos previsibles, información presentada de forma simple y consistente, aplicaciones que anticipen niveles de ocupación o permitan elegir rutas más tranquilas, espacios de pausa dentro de estaciones, mapas más intuitivos y protocolos de comunicación frente a interrupciones del servicio.

Paradójicamente, la movilidad incorpora cada vez más inteligencia artificial, sensores, plataformas digitales y vehículos autónomos. Sin embargo, muchas veces se sigue diseñando la experiencia desde la lógica del sistema y no desde la experiencia de las personas. Se sabe en tiempo real dónde está cada colectivo, pero todavía cuesta encontrar información sencilla cuando el recorrido cambia. Se puede optimizar la sincronización de semáforos mediante algoritmos, pero se siguen teniendo estaciones que resultan difíciles de interpretar para quien las usa por primera vez. Se miden velocidades, frecuencias y tiempos de viaje con enorme precisión, pero casi nunca se mide el esfuerzo cognitivo que exige desplazarse por la ciudad.

Quizás haya llegado el momento de ampliar la forma en que se entiende la movilidad urbana. Tal vez el próximo gran salto ya no consista únicamente en mover personas de manera más rápida, sino en lograr que cualquier persona pueda recorrer la ciudad con autonomía, confianza y tranquilidad. Porque la mejor infraestructura no siempre es la que acelera los desplazamientos, sino la que hace que nadie se sienta perdido.

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