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El libro ‘Ugly’ analiza cómo la belleza física organiza la vida social y económica desde la infancia

La obra de Stephanie Fairyington examina los beneficios y costos de la apariencia en la cultura contemporánea, y plantea preguntas sobre la crianza en un entorno que premia el atractivo.

La autora Stephanie Fairyington publicó el libro Ugly, en el que examina cómo la belleza física organiza la vida social, económica y familiar. La obra combina reflexión filosófica y experiencia personal para discutir los beneficios de ser considerado atractivo y las consecuencias materiales y psicológicas de quedar fuera de ese ideal.

El libro señala que las personas consideradas atractivas suelen tener más éxito económico, y que la discriminación basada en la apariencia produce costos medibles. También menciona el llamado “halo de atractivo”, un sesgo psicológico por el que se atribuyen mejores cualidades a quienes encajan en ciertos estándares físicos.

Fairyington describe que la belleza se aprende desde la infancia, asociada al cabello largo, las muñecas y las princesas, así como al dolor de sostener esa imagen. Según la obra, los estadounidenses destinan cientos de miles de millones de dólares al año a maquillaje, depilación, peluquería, manicura, entrenadores personales, tratamientos faciales, toxina botulínica y ácido hialurónico sintético.

La autora se describe a sí misma como “fea”, aunque aclara que no de forma que provoque asombro, sino como alguien “insípida” y “ofensivamente” ordinaria. Sostiene que esa admisión altera a quienes la rodean porque deja suspendida la idea de aceptar la fealdad sin ironía ni autohumillación.

El libro también aborda la crianza de una hija preadolescente de belleza convencional. Fairyington busca responder cómo criarla en un entorno que le enseñará a valorar y perfeccionar ese capital estético. La obra está dirigida a una versión futura de esa hija y funciona como ensayo filosófico y lamento materno.

Fairyington reconoce que los seres humanos se entienden en relación con otros y que advertir diferencias corporales forma parte de la vida social. El problema, sostiene, es que esas diferencias se vuelven juicios: bueno o malo, deseable o indeseable.

La autora explora formas de resistencia encarnadas por figuras como la música inglesa Poly Styrene y la drag queen Fauxnique, pero advierte que convertir la fealdad en espectáculo también exige trabajo y puede reforzar la misma jerarquía estética.

En el plano personal, Fairyington recuerda que de niña le dolía no cumplir con las expectativas ajenas, sobre todo porque su madre era muy bella. A los 10 años, un adulto preguntó con desprecio si ella era realmente la hija de Chrysí, una escena que la autora no quiere repetir en la vida de su hija.

El libro expone una tensión entre transformar el mundo para hacerlo más habitable o preparar a la niña para soportar el mundo existente. En una escena, cuando la hija quiere mencionar su gusto por las compras en una biografía, Fairyington y su esposa intentan desalentarla. En otra, la autora reacciona al saber que su esposa y una amiga planean llevar a la niña a un salón de manicura: “¿Por qué estamos fomentando su autoobjetivación tan temprano?”. La amiga responde: “No odias a las mujeres, ¿verdad, Steph?”.

Fairyington señala que despreciar prácticas asociadas a lo femenino reproduce jerarquías culturales. Referencias como Taylor Swift, las novelas románticas o los realities suelen ser tratadas como triviales, mientras que formas de entretenimiento asociadas a los hombres reciben reconocimiento más serio.

La autora no busca denigrar lo femenino en bloque. Creció admirando subculturas feministas como el movimiento punk Riot Grrrl y desearía que su hija pudiera imaginar otros modelos de femineidad. Su crítica apunta a una cultura que empuja a las mujeres a “morfear nuestros cuerpos y rostros” para seguir siendo deseables, sobre todo para los hombres.

Fairyington admite una contradicción: se enorgullece de que la belleza de su hija sea fácilmente legible para los demás. Confiesa que cuando camina con ella y percibe sonrisas de admiración, piensa que quizá haya sido “una mujer fracasada”, pero que su hija es hermosa y “extraordinariamente normal”.

La niña, sin embargo, no aparece definida solo por signos de feminidad convencional. Le gusta el esmalte de uñas, pero también admira los atuendos exagerados de las drag queens, asiste a clases de parkour, prueba rituales de brujería y le gustan los chicos. Fairyington entiende que su personalidad seguirá cambiando y que su tarea consiste en ofrecer alternativas.

En conversaciones cotidianas, la autora intenta correr el eje del aspecto hacia la experiencia corporal. Después de que una compañera se burla de un conjunto que su hija había planeado usar, la niña lo envía al cajón de disfraces. Cuando su madre le pregunta qué le gusta de lo que su cuerpo puede hacer, responde que le encanta nadar, hacer pulseras, bailar, cantar, trepar a los árboles y jugar videojuegos.

El libro concluye con un giro hacia el asombro, una emoción que, según investigadores, puede amortiguar la autocrítica y el desagrado en un entorno saturado de mensajes sobre lo que habría que corregir. Desde esa perspectiva, aceptar el propio aspecto esquiva una industria que gana miles de millones con la promesa de controlarlo.

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