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La necesidad de un sistema de salud articulado en Argentina

El sistema sanitario argentino enfrenta desafíos estructurales que requieren una discusión sobre su organización, financiamiento y acceso, según un análisis que aborda la fragmentación, la producción pública de medicamentos y la regionalización de la alta complejidad.

Argentina enfrenta la necesidad de discutir una política sanitaria moderna que supere la fragmentación actual del sistema, según un análisis difundido recientemente. El texto sostiene que el sistema sanitario se compone de tres subsectores: el hospital público, las obras sociales y las prepagas, cada uno con dificultades específicas.

El hospital público se describe como “absolutamente saturado”. Las obras sociales se presentan como “muchas quebradas o desfinanciadas”. Las prepagas registran “aumentos permanentes que expulsan a miles de argentinos de la cobertura privada”. Como consecuencia, parte de la población que pierde cobertura privada recurre al hospital público.

El análisis señala que el sistema fue diseñado para una estructura demográfica y epidemiológica de hace 40 años, mientras que actualmente Argentina tiene más adultos mayores, más enfermedades crónicas, mayor demanda de medicamentos, más problemas de salud mental y una expectativa de vida más alta. Se indica que el sistema actúa cuando la persona ya está enferma, sin suficiente énfasis en la promoción de la salud y la prevención de enfermedades crónicas.

Se propone un “modelo sanitario” de promoción y prevención, con educación para la salud, controles médicos periódicos, vacunación, actividad física, alimentación saludable y trabajo territorial en barrios. Paralelamente, se plantea un “modelo médico” de alta complejidad y excelencia tecnológica, humana y física.

El texto aborda la “soberanía sanitaria” y señala que la pandemia dejó como enseñanza que un país que depende totalmente de medicamentos, insumos o tecnología importada queda vulnerable. Se propone la producción pública y estatal de medicamentos a través de laboratorios públicos “fuertes, modernos y eficientes”, capaces de producir medicamentos esenciales y venderlos “prácticamente al costo”.

Se argumenta que esto serviría para garantizar acceso, regular el mercado y generar competencia frente a laboratorios nacionales o extranjeros que fijan precios que resultan inaccesibles para millones de personas. Se aclara que no se propone eliminar al sector privado, sino lograr un equilibrio, y que la salud no debe quedar exclusivamente en manos del mercado. Se afirma que un medicamento para hipertensión, diabetes, antibióticos o enfermedades oncológicas “no puede transformarse en un lujo” y que “el medicamento es un bien social”.

En cuanto a la medicina de alta complejidad, se plantea que la mejor tecnología, equipos y centros más sofisticados están concentrados en algunos puntos de Buenos Aires, mientras que regiones del país quedan con dificultades de acceso. Se propone una “regionalización sanitaria de alta complejidad” con grandes polos médicos regionales distribuidos estratégicamente, con capacidad científica, tecnología de punta y recursos humanos especializados.

Se menciona la incorporación de inteligencia artificial y robótica en los procesos sanitarios. Se afirma que la inteligencia artificial puede ayudar a detectar enfermedades precozmente, acelerar diagnósticos, ordenar imágenes, optimizar turnos, analizar datos epidemiológicos y reducir errores humanos. La robótica se describe como una revolución en cirugía moderna, con procedimientos menos invasivos, más precisos y recuperaciones más rápidas. Se sostiene que Argentina no puede quedar fuera de esa revolución tecnológica, y que para ello se requiere planificación, inversión y una mirada federal de la salud.

Se plantea la necesidad de integrar el sistema para evitar que un paciente se realice el mismo estudio varias veces debido a la falta de conexión entre sistemas, y para que las historias clínicas no estén fragmentadas.

Finalmente, se menciona la importancia de cuidar a los trabajadores de la salud. Se afirma que no existe sistema sanitario posible con médicos agotados, enfermeros mal pagos y trabajadores destruidos emocionalmente. Se señala que Argentina tiene profesionales extraordinarios, universidades prestigiosas y tradición sanitaria, pero que falta planificación, continuidad y decisión política. Se concluye que la salud debe ser una política permanente, y que cuando un sistema sanitario funciona mal, las consecuencias son humanas, no ideológicas.

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