Un análisis sobre cómo la desconfianza sistemática hacia la información y el periodismo se ha convertido en una herramienta de control en la política contemporánea.
En la política contemporánea, la paranoia ha dejado de ser un trastorno individual para convertirse en un fenómeno colectivo que afecta a gobernantes y ciudadanos por igual. La idea de que toda información crítica es una ‘operación’ o una confabulación para perjudicar a un referente político se ha instalado en numerosos gobiernos alrededor del mundo, incluyendo Argentina.
Este mecanismo, que algunos especialistas denominan ‘paranoia política’, se caracteriza por una hipersensibilidad ante la crítica, una alergia al disenso y una tendencia a interpretar cualquier hecho o dato como parte de una conspiración. El periodismo independiente, las instituciones autónomas y hasta las preguntas incómodas son vistas como amenazas o emboscadas.
El fenómeno no se limita a los líderes: se propaga entre sus seguidores, que adoptan una cosmovisión donde el matiz desaparece y el mundo se divide entre amigos y enemigos. En la era digital, las redes sociales y los algoritmos facilitan esta dinámica, reemplazando a la policía secreta y la propaganda monolítica de regímenes pasados.
Expertos señalan que esta paranoia funciona como un escudo frente a la contradicción y la rendición de cuentas, pero también como una herramienta de cohesión identitaria: a cambio de abdicar del pensamiento crítico, los individuos obtienen un sentido de pertenencia y protección. El desafío para las sociedades democráticas es cómo contrarrestar esta deriva sin caer en la misma lógica.
