El artista marplatense Matías Duville presentó en la 61° edición de la Bienal de Venecia una intervención de gran escala que transforma el espacio argentino con un paisaje de sal, dibujos al carbón y una propuesta inmersiva que marca un hito en su carrera.
Venecia. Llueve finito como manda la tradición cuando comienza la recorrida por los pabellones de la Bienale en la previa para la prensa acreditada. Curadores, críticos y todos los actores que conforman la cada vez más gigantesca rueda del arte caminan a paso rápido para ser los primeros en ver; en dar el tono de la opinión de esta sinfonía rara titulada In minor keys, que sigue el libreto de bajo impacto que legó la directora africana Koyo Kouoh, fallecida hace exactamente un año, a los curadores asociados en un impecable montaje.
Al mediodía, antes de ingresar en el pabellón central, hubo un minuto de silencio; palabras de los amigos, lágrimas y el recuerdo de la creadora que se fue demasiado pronto, a los 58 años, poco después de ser elegida directora de la 61° edición de la Bienal de Venecia. El tono de la muestra es poético, sereno, con mucha urdimbre africana.
Impacta que el primer encuentro sea con la obra de Sarah Flores, una peruana amazónica de muchos años, que ha construido con sus manos y con la tierra de su patria una rueda de animales en barro cocido. Una vez más el centro mira a la periferia y se enriquece con obras ajenas a toda sofisticación, puras, auténticas, resultado de una tradición remota y cercana al mismo tiempo. Flores está contenta, confiesa que la ayuda su hija y que este suceso global le ha generado ganancias nunca imaginadas. A su lado está su agente, manager o marchand, que vive en Nueva York y comercializa la obra de la peruana.
Pero vamos a lo nuestro. Un respiro para entender el giro copernicano que ha dado Matías Duville al crear un nuevo pabellón dentro del pabellón. Otro acceso, paredes de ladrillo cubiertas, el monitor Yin Yang que abre el juego para descubrir un paisaje fascinante. Primer visitante: Hans Ulrich Obrist, curador número uno del mundo, director de la Serpentine de Londres. Coincide con Glenn Lowry, director hasta septiembre del MoMA y con una pequeña troupe de coleccionistas del artista. El marplatense ha dado su do de pecho, la obra más importante de su vida.
Caminamos por un camino de sal, generoso, expansivo, como si fuera arena que graba nuestras huellas, en los costados y en el corazón de este inmenso paisaje, los dibujos con carbón que remiten al primer Duville, sus temas, sus obsesiones, sus deseos. La Patagonia, la inmensidad y el horizonte en el recuerdo de los viajes que hacía de chico con su padre.
Monitores el primer encuentro, muy tech, antes de abrir la puerta para ir a jugar: Yin Yang donde escribe la historia, con una maestría que emociona. ¿Una playa de sal? Algo tan afín al marplatense que ha llegado a Venecia para hacer la obra más importante de su vida. Tema aparte, pero que cierra el “tono”, es la música compuesta con su hermano en variaciones ligadas al devenir climático. Está la mirada, el trabajo y la inspiración de Josefina Barcia, curadora enhebrada al mundo de la música por entrega y amor.
El jueves 7, a las 17, será la inauguración oficial. Nobleza obliga, el libro que acompaña este paisaje blanco y negro, YinYang, donde dejamos la huella en cada paso, es un triunfo extra. No es nuevo decirlo, pero las exposiciones pasan y los libros quedan. Esta descomunal intervención efímera dejará la huella de todos. Porque es un espacio en movimiento, a puro riesgo, cubriendo las paredes, cambiando la fisonomía para que la obra encuentre el continente adecuado. La última palabra será del público, que en esta edición es también jurado.
