Un joven que se sentía fuera de lugar en la secundaria encontró en las películas de terror, los cómics y la música un refugio que luego se convirtió en su identidad. Una historia sobre la búsqueda de pertenencia.
No la pasé muy bien en la adolescencia. No sufrí nada grave ni demasiado malo, la verdad, en aquella etapa. Tenía (y tengo) una familia amorosa y presente que me quería, me cuidaba y me acompañaba. Disfrutaba de una vida de clase media en un buen barrio de Capital. No me costaba el colegio. Tampoco me hacían bullying, a diferencia de otros compañeros con menos suerte. Sin embargo, no me sentía feliz, como sí recuerdo haber vivido la infancia.
Cuando en 1998 entré en la E.M.E.M. N°1 “Rodolfo Walsh” de Villa Pueyrredón, un bachiller público con orientación en Comunicaciones, perdí la confianza y la soltura con la que (tengo la sensación) me desenvolvía en la “Irlanda”, una primaria de Villa Urquiza también estatal en la que me iba bárbaro, me divertía y me llevaba bien con todos. Creo que siempre fui una persona insegura, incluso de nene. Pero nunca lo fui tanto como durante la secundaria.
Jamás me costó sociabilizar; salvo, en esos cinco años. Sobre todo en los dos primeros. No pegué onda con mis compañeros. Me llevaba bien con algunos, pero no terminé de hacerme amigo del todo hasta cuarto año, más o menos, cuando se unieron las dos divisiones del turno mañana (al que yo iba) y empecé a compartir más tiempo con los pibes que me caían mejor, que eran originalmente del otro curso y los conocía de gimnasia. Hoy nos seguimos viendo, al igual que con dos amigas. Pero en aquel momento nuestro vínculo se reducía a las horas de clase y a los picaditos de fútbol que jugábamos a la tarde en una canchita del barrio.
¿Por qué tardé tanto en entablar amistades en esa época? Por mi culpa. Porque los vínculos no surgieron de la manera ideal que quizás pretendía. Por pensar demasiado y ser muy estructurado. Por prejuicios y orgullos boludos. Por miedo. Pero por aquel entonces pensaba otra cosa. Pensaba, y sentía en algún punto, que tenían una onda que no era la mía. Que ninguno era copado, ni inteligente, ni interesante, ni gracioso, ni sensible, ni divertido como yo.
A pesar de todo eso, la escuela me gustaba. Ya de antes de terminar séptimo grado que quería ir a ese colegio en particular, que quedaba en mi nuevo barrio (ese año nos habíamos mudado de Urquiza a Pueyrredón) y que tenía más que ver con la lectura y la escritura que con las cuentas y los cálculos. De lo poco que siempre tuve claro en la vida: me gustan la letritas, no me gustan los numeritos. Desde chico que soy amante de las mismas cosas. La música. La literatura. La historieta. La televisión. El cine. Y lo era todavía más en ese momento. Eran mi refugio. Y en ellas me resguardaba en mi soledad púber.
Así, mientras mis compañeros andaban por la calle, jodían, se reían, salían al boliche, fumaban, tomaban vodka de durazno y licor de melón, escuchaban y bailaban cumbia villera (el furor de ese momento), transaban, se ponían de novios y (algunos) hasta cogían, yo estaba con mis cómics de Marvel y DC, las películas de monstruos, las novelas de Stephen King y el heavy metal. Y mientras deseaba en secreto todo lo otro (salvo el boliche y la cumbia), acumulaba cada vez más data de todo lo que me gustaba leyendo revistas y libros, alquilando en el videoclub todos los fines de semana, yendo a ver la mayoría de los estrenos hollywoodenses a las salas de Belgrano y del centro, pasando horas y horas frente al cable y escuchando casetes, cedés y la radio.
Pero lo que más me gustaban eran las películas. Y en especial las de terror, las de ciencia ficción, las policiales, las de fantasía, las de acción. Las de género. Lo decidí cuando noté que se me formaba un nudo en la garganta cada vez que escuchaba la música de Indiana Jones en el final de “La Última Cruzada”, o cuando me di cuenta de que me sabía de memoria todas las líneas de diálogo de Ash en ”El Ejército de las Tinieblas”. Y lo confirmé cuando me crucé por primera vez con “La Cosa”. Era una revista de cine fantástico y bizarro, como rezaba su subtítulo, y tenía notas sobre todas las novedades del palo. Pero además le dedicaba un montón de páginas (las más interesantes) a miles de pelis viejas, oscuras y de culto que nunca hubiera conocido de otra forma, al menos en ese momento.
Fue gracias a “La Cosa” que tomé como bandera, como marca de identidad, a ese cine. Al menospreciado. Al basura. Me fascinaba ( y lo sigue haciendo) cualquier tipo de expresión artística que hiciera de la violencia, de lo monstruoso, lo desagradable, lo oculto, lo prohibido, la base de su propuesta. Me parecía (y me sigue pareciendo) rebelde y liberador. Por su visceralidad. Por su carácter entre peligroso y lúdico. Y, no menos importante, me atraía particularmente por su cualidad distintiva, algo que valoraba mucho en aquella época formativa de todo. Lo sentía como un tesoro para unos pocos. Los menos. Los raros que teníamos la sensibilidad de distinguir su brillo. Los que queríamos ser diferentes a los demás.
