La Argentina está llena de talentos que se destacan y que se exportan al mundo. La historia de Juan Cruz López Lugano es una de esas que merecen ser contadas. Con apenas 20 años, el joven oriundo de Pacheco, provincia de Buenos Aires, y sin antecedentes familiares vinculados al automovilismo, logró algo impensado para muchos: llegar al Rally Dakar como mecánico.
Un camino construido a base de pasión, acompañamiento familiar, esfuerzo constante y una perseverancia inquebrantable.
Todo se remonta a los últimos años de la primaria, cuando escuchó a un chico, apenas un año mayor que él, comentar que iba a ingresar a la Escuela Técnica Henry Ford.
Empujado por la curiosidad, investigó sobre las vías de acceso a “la Ford” y, a sabiendas de que el ingreso no era sencillo, se preparó durante meses el examen para ser aceptado. El esfuerzo tuvo su recompensa y sus inicios en la técnica marcaron un camino que hoy sigue con pasión.
Si bien desde chico sentía una fuerte atracción por los autos y por las herramientas, admitió, en diálogo con LA NACION, que nadie de su familia ni de su entorno era cercano a esa rama. De hecho, su madre era vicedirectora de un colegio bilingüe, una realidad completamente distinta, y por eso le preguntaba más de una vez si estaba seguro de meterse en una técnica.
Al principio no tenía un objetivo claro, pero con el correr del tiempo empezó a darse cuenta de que los autos lo apasionaban de verdad. En segundo año ocurrió algo que lo marcó, que fue la llegada de los primeros Ford Mustang a la Argentina. “Fue una locura”, definió.
Ese entusiasmo lo llevó a encarar un desafío impensado para su edad: construir su propio karting en casa. Se declara un fanático de las herramientas, aunque en su casa no había muchas; por eso, su papá lo llevaba a ver las cajas de herramientas de un vecino. Así, con apenas 13 años, armó su primer karting.
“El motor era de una cortadora de pasto; era un caño con ruedas, pero andaba y al menos tenía forma de karting. Nos divertíamos con eso”, contó con una gran sonrisa. El proyecto fue creciendo y también fue ocupando cada vez más espacio. Primero el lavadero, luego, ante la negativa de su madre, armó su propio taller en su habitación, con una morsa y todas las herramientas colgadas en la pared. “Ya era inviable y mi mamá terminó cediendo el lavadero, que después quedó chico y pasamos a la cocina”, relató entre risas.
Con el paso de los años, incluso antes de tener la licencia de conducir, ahorró y se compró un Honda Civic modelo 1992, de color rojo. Como no podía manejarlo, decidió restaurarlo por completo: lo desarmó, lo arregló y hasta le armó un motor nuevo. Sus acciones ya empezaban a mostrar un talento que hasta ese momento parecía oculto, pero con un potencial enorme. “Mi idea era arreglar el auto y, cuando tuviera el registro, ir al colegio manejándolo”, contó.
Aproximadamente a los 14 años, López Lugano ya empezaba a pensar qué quería hacer una vez recibido de la escuela técnica y fue ahí cuando despertaron sus ganas de dedicarse a la competición. “No sabía cómo iba a hacerlo, pero ya me imaginaba que en algún momento iba a tener que irme del país”, recordó.
Esa idea, al principio, quedó algo reprimida y se convenció de que el camino lógico era estudiar Ingeniería Mecánica en la Argentina. Incluso su mamá soñaba con verlo recibido de ingeniero y llegó a averiguar becas en distintas universidades del país. Sin embargo, sobre el final de su etapa formativa en la escuela técnica, la decisión empezó a tomar forma. “Quiero dedicarme a las carreras”, se dijo a sí mismo en aquel entonces.
Ese fue el puntapié inicial. Empujado nuevamente por la curiosidad, ahora con más conocimientos y un objetivo definido, empezó una carrera con la meta puesta en ser mecánico de la Fórmula 1.
Tal y como lo marcaron sus inicios, avanzaba con desconocimiento pero entusiasmo. Recurrió a LinkedIn, donde revisó el recorrido académico y profesional de quienes habían llegado a trabajar en la máxima categoría. Allí descubrió su próximo objetivo: el másters en motosport de Europa; pero, también, un nuevo problema: su nivel de inglés.
Como la mayoría de los másters eran en Inglaterra, su búsqueda se orientó a otras latitudes, con España como nuevo horizonte. “En el colegio me decían que llegar a la Fórmula 1 no era imposible”, sintetizó. El apoyo de sus profesores y su talento conformaban un escenario ideal para avanzar.
Con la decisión de emigrar tomada, el próximo paso era contárselo a su familia. España iba a ser su destino, por lo que le dijo a su papá que quería contarle algo en una cena. Su padre, asustado, pensó que iba a recibir otro tipo de noticia, como que iba a ser abuelo, recordó Juan Cruz.
Cuando la charla tomó otro rumbo, ambos se emocionaron: hablaron largo y tendido y concluyeron que el camino correcto era el de estudiar en Europa.
En ese contexto, recordó la historia de su padre como ejemplo. “Él había empezado a estudiar Ingeniería Aeronáutica, pero su verdadera pasión siempre fue la gimnasia. Su sueño era ser entrenador de la Selección Argentina. Estudió el profesorado y, después de 15 años, terminó siendo efectivamente entrenador de la Selección en gimnasia”, relató.
Luego de ese encuentro, llegó el paso más difícil: convencer a su mamá. Otra charla, risas y lágrimas y la conclusión: con 19 años se iba a Europa a perseguir su sueño.
Se fue de la Argentina con 800 euros en el bolsillo y rumbo a Italia. Allí, sin siquiera saber decir Ciao (hola, en italiano), tramitaría la ciudadanía para luego seguir viaje. Trabajó como instructor de wakeboard y reparó lanchas durante un tiempo. El trabajo le daba alojamiento y comida, pero no un sueldo.
Así pasó sus primeros meses europeos y luego, con un poco de dinero ahorrado, viajó cuatro meses a Estados Unidos para perfeccionar su inglés, algo que sería clave años más tarde.
Ya en España y como alumno del máster por el que tanto había luchado, le llegó una oferta de trabajo en Francia. “En España trabajaba en un taller de autos de alta gama y me dijeron que si me iba, perdía el trabajo. Ahí me acordé de aquello de tomar riesgos“, contó.
Tomó un avión, viajó a Francia y, tras superar varias pruebas, quedó dentro del equipo de Polaris RZR Factory Racing. “Después de esas pruebas arranqué el Mundial con ellos, con carreras en distintas partes del mundo. Fue una especie de primer contacto real con la competición, más allá de que en Madrid ya estaba metido los fines de semana en lo mismo”, explicó. Y agregó: “Ahí yo sabía que, si hacía bien las cosas, en algún momento iba a terminar en el Dakar”.
Y así fue. Su jefe lo llamó y, con apenas 20 años, le comunicó que iba a ser jefe de uno de los autos del Dakar. “En ese momento me temblaron las piernas. Me pesaba mucho el tema de la edad, ser jefe de un auto y tener que tratar con gente más grande. No sabía qué iban a pensar”, contó.
“La experiencia fue durísima. Son 15 días de carrera en los que dormís dos o tres horas por día. De día hace mucho calor, de noche mucho frío y estás cansado todo el tiempo. Ahí te replanteás todo”, retrató.
El ritmo, sabía, iba a ser difícil de llevar y sentía que necesitaba prepararse con antelación. De a poco, recortó sus horas de sueño para aclimatarse a las exigencias de la competencia. Sabía, también, que podía aspirar a un equipo oficial y confiaba que estaba listo para hacerlo. El desgaste y el aprendizaje habían marcado en él un recorrido poco frecuente para la edad y, con ello, el deseo de ir por más.
“Empecé a mandar miles de mails. Una vez me atendieron y me citaron en Francia a las 10 de la mañana. Yo estaba en Italia, pedí prestado un auto, salí a las cuatro de la mañana, llegué y no me atendieron. Volví con una bronca terrible”, relató.
También en dos ocasiones lo dejaron plantado en entrevistas por videoconferencia con un equipo de IndyCar de Estados Unidos. Incluso llegó a mandar un mail directamente a M-Sport Ford, sin saber si alguna vez iba a obtener respuesta.
Durante una de las tantas carreras en las que trabajó en Sudáfrica, todavía con Polaris, se acercó al vivac de Ford, que para él era “otro mundo”. Vio a un chico apoyado en una valla y, tras dudarlo bastante, se animó a preguntarle si podía hablar con alguien del equipo.
“El chico, muy copado, me trajo un team manager. Hablé con él sin estar preparado ni nada, le conté mi historia, me hizo tres preguntas y me hizo pasar”, recordó. “Después vinieron las pruebas en Inglaterra, mails, entrevistas, y en aproximadamente dos semanas ya estaba viajando allá para ir a los talleres. Todo era impresionante”, contó.
“Entrar al taller de Ford fue un shock: la cantidad de gente, los autos, todo. Hice dos semanas de prácticas y después me plantearon otro desafío, que era ir a un test, justo la semana en la que mi mamá iba a visitarme. Por suerte me fue bien y me confirmaron que iba a ser parte de las carreras”, narró.
Así fue como terminó formando parte de su segundo Dakar (con 21 años), esta vez dentro del equipo M-Sport Ford, como mecánico número dos de Mattias Ekström. “Fue una experiencia totalmente distinta. El equipo era mucho más grande, tenía una carpa para dormir, los autos llegaban antes y eso te permitía arrancar antes, pero también descansar un poco más a la noche”, explicó.
Haber participado en esta edición del Dakar le dio la posibilidad de conocer a Jim Farley, CEO global de Ford. “Con él tengo una anécdota muy graciosa. En Arabia Saudita, donde se disputó el último Dakar, le agradecía personalmente a los mecánicos por su trabajo y pasaba uno por uno. Justo el año pasado había estado en la Argentina y había publicado un posteo en LinkedIn sobre la escuela técnica de Ford, algo que para todos nosotros fue increíble. Entonces sentí que tenía que decírselo”, contó.
“Cuando se acercó, le dije que había estudiado ahí y que le agradecíamos por su visita. Se quedó unos minutos charlando y no podía creer que yo fuera de la Argentina y de esa escuela. De hecho, yo no sabía que él había nacido en el país y que había vivido algunos años en San Isidro”, recordó.
El camino para alcanzar todo lo que logró a una edad tan temprana estuvo lejos de ser fácil y, en ese recorrido, tuvo que aprender a “ponerle el pecho a las balas”. “Antes de irme de la Argentina me junté con un mecánico del taller que me dijo que siempre iban a venir obstáculos de todos lados, que iba a haber momentos duros y que, cuando aparecieran, había que enfrentarlos de frente. Y así fue. Hubo etapas difíciles en las que tuve que aprender a resolver incluso cuestiones personales por mi cuenta”, sostuvo.
Aun así, su ambición, su talento y esa hambre intacta de llegar a donde sueña desde la escuela técnica siguen empujándolo hacia adelante. El objetivo es claro y no cambió con el tiempo: convertirse en mecánico de la Fórmula 1. Con una mirada realista, reconoce que todavía le impresiona trabajar codo a codo con personas que ya tuvieron su paso por la máxima categoría del automovilismo, aunque también siente que hoy está más cerca que nunca de lograrlo.
