Con su vestido rojo y maquillada para la ocasión, Natalia Oreiro está luminosa en el salón del hotel donde la entrevista Clarín, tanto como dice que es la mirada y el final esperanzador de La mujer de la fila, su nueva película producida entre otros por Netflix, pero que tendrá un extenso paso por las salas de cine a partir de su estreno, el próximo jueves, antes de llegar a la plataforma de streaming.
La actriz y cantante luce como para ir a una gala, pero son las dos de la tarde. Natalia está teniendo un 2025 como no vive ninguno de sus colegas: filmó tres películas, venía de estrenar en diciembre pasado otra por streaming (Campamento con mamá), está terminando ahora mismo de rodar en México junto a Gael García Bernal y en breve comienza a filmar con Adrián Suar.
La preocupación de Natalia Oreiro
Natalia no es ajena a la realidad del cine en particular, y de la Argentina en general. Se la nota preocupada, aunque advierta que su propia realidad es “de privilegio” por tanto trabajo que realiza.
¿Va a volver a cantar, a girar, a actuar en vivo? ¿Va a sacar un nuevo disco?
De todo esto, incluido el tema que canta en el filme con Ricardo Mollo, su esposo, charló con Clarín.
En La mujer de la fila, basada en hechos reales, interpreta a Andrea Casamento, una mujer de clase media cuya vida pega un giro cuando su hijo de 18 años termina en la cárcel, acusado de un delito menor que aparentemente no cometió. Para liberarlo se enfrenta tanto a la burocracia del sistema judicial como a sus propios prejuicios y creencias. Y conoce y recibe el apoyo de otras madres de presos.
Natalia y el stop con la música
-Tenés un parate en la música. Hace 23 años que no editás un álbum, sí has grabado canciones sueltas, pero tampoco hacés un tour o presentaciones en vivo desde el 2019, con tu “Unforgettable Tour”, que te llevó a Rusia. ¿No lo extrañás?
-Eso fue hace mucho tiempo, lo de la música, yo venía de hacer… Estaba entre mi segundo y mi tercer disco, entre Tu veneno y Turmalina, y yo tenía ganas de hacer cine después de haber trabajado con (Eduardo) Mignogna -en Cleopatra, junto a Norma Aleandro-. Hacer personajes más profundos, con conflictos diferentes. Y bueno, en ese momento yo estaba mucho de gira, tocando mucho afuera, me habían ofrecido grabar en otros idiomas, radicarme afuera… Y yo siempre decía ¿para qué voy a grabar en otros idiomas si yo canto en español? Y personas que no entienden nada de español, cantan en español, como nosotros cantamos en otros idiomas cuando nos gusta una melodía.
-¿La exposición como cantante no te jugaba a favor?
-Y, la verdad es que sentía que quizá los personajes a los que quería llegar iban a costarme, por la alta exposición que demandaba la música pop en ese momento.
Hoy creo que eso, por suerte, ya no es así, pueden convivir perfectamente. En aquel momento sentía que tenía que tomarme un tiempo, hacer una pausa, parar, barajar y dar de nuevo, pensar qué quería y cómo quería contarlo. Y para eso necesitaba silencio, y en ese momento no lo tenía.
Tenía un contrato más con la compañía discográfica, y tuve que firmar que no iba a grabar música durante mucho tiempo. Yo lo llamé el precio de mi libertad.
-¿Extrañás el contacto con el público en tus conciertos?
-A mí el contacto del vivo me encanta porque es eso, sentir que algo está pasando y que esa conexión es genuina. Pero quería hacer cine. Me había formado para ser actriz. A veces me ofrecen cosas que ya hice, y siempre digo que quiero hacer otros personajes que no hice, o que vayan acorde al momento y a la edad que estoy teniendo… Y bueno, así fue que empecé a hacer algunos castings.
Oreiro, al casting
-¿Pero ya tenías un nombre, y pasabas por castings?
-Me enteraba por amigas actrices que había un casting e iba. Me apareció el casting de Sandra Gugliotta, me acuerdo, para Las vidas posibles. Después hice Francia, de Adrián Caetano. Bueno, obviamente Benjamín Ávila me eligió para hacer Infancia clandestina y esa película, por la trascendencia que tuvo, me dio muchas posibilidades. Después vino Wakolda.
Y bueno, la música siempre estuvo también. O sea, yo nunca dejé de cantar. Pero de alguna manera me gusta más el audiovisual, y acompañar, si se da o me lo proponen, los proyectos de cine o de series que me ofrezcan cantando.
Lo que viene con Ale Sergi
-¿Y el proyecto con Ale Sergi, de los Miranda!?
-Bueno, de hecho, con Ale,ya habíamos trabajado mucho juntos, habíamos hecho Miss Tacuarembó, y los Miranda! me invitaron a cantar un tema de ellos, aparte. Y le propuse si quería colaborar para hacer la canción de Campamento con mamá, y fue una bomba. La experiencia estuvo espectacular. La verdad que me encanta cómo compone Ale, la sensibilidad que tiene.
Después él compuso música para La Jefa, que es una serie de Daniela Goggi que protagonizo, que va a salir el año que viene en Disney+. Compuso dos canciones que yo canté. Y a partir de esa afinidad que tenemos surgió la idea de poder hacer algo con Ale como productor, no con Miranda!. Y estamos viendo tiempos, porque él está con mil cosas, y yo estoy filmando mucho.
Cantando a Mercedes Sosa
-Pero en “La mujer de la fila” cantás un tema. ¿Fue idea tuya?
-Sí, se llama Canción de las simples cosas. Un poco ya lo habíamos hecho con Benjamín en Infancia clandestina cuando canté el tema de Discépolo, Sueños de juventud. Acá en La mujer de la fila estamos Ricardo (Mollo, 68, su esposo) y yo. Y esa canción de Mercedes Sosa en particular me acompañó en todos los trayectos desde casa hacia las locaciones, que algunas eran bastante lejos. Era como un mantra para mí. Cuando llegó el final de la película y yo compartí un reel en mi perfil de Instagram de fotos del rodaje, lo musicalicé con esa canción.
Y un día, hablando con Benjamín de unas ideas que él tenía para la música de la peli, le dije “mirá, me da mucha vergüenza, pero para mí esta canción tiene algo. Y si vos querés yo puedo hacer una prueba con Ricardo”, me dijo que sí y bueno, lo hicimos.
Natalia se emociona cuando habla de su relación con el director de la película. “Cuando trabajamos en Infancia… fue algo muy movilizante, era la historia de Benjamín. Benja además de escribirla y dirigirla hacia cámara, como acá también. Entonces cuando el director que está contando su historia tiene la cámara literal a 10 centímetros de tu respiración es algo de una conexión muy profunda. Es como una transferencia emocional muy, muy fuerte.
-¿Tenés alguna anécdota de tu relación con él?
-Leemos mucho juntos, ensayamos mucho, hablamos mucho, profundizamos. Y es alguien altamente sensible. O sea, es alguien que en el rodaje, tanto de Infancia… como en La mujer de la fila, fue espiritualmente muy poderoso, porque genera un clima en el equipo de comunidad y de congregación muy, muy especial. De hecho, nosotros teníamos como un ritual de prender un velón grande desde el inicio de los ensayos y de la preproducción hasta el último día de rodaje. El mismo velón. Y no había día que no lo prendiéramos juntos, que no dijéramos alguna frase en alusión al proyecto.
Entre Gilda y Juana Azurduy
-Estaban como muy comprometidos desde la emoción.
-Claro. Y luego de Infancia… pensamos seguir trabajando juntos. Yo le propuse hacer Juana Azurduy, que es un proyecto que tenemos y que bueno, quizás algún día se nos da. Estuvimos mucho trabajando en eso. A él le encantó la idea, y empezó a desarrollarse. Fue a Bolivia y empezó también a escribir bastante. Todavía no tenemos luz verde para hacerlo.
Y fue productor de Gilda.
-¿Cómo fue eso?
-De hecho, estábamos en Cannes (en la Quincena de realizadores) presentando Infancia clandestina, él estaba aún en pareja con Lorena Muñoz, la futura directora de Gilda, y en un cóctel ahí, todo glamour, me pongo a charlar con Lorena. Yo había visto su documental Yo no sé qué me han hecho tus ojos, y le digo “quiero trabajar más con mujeres directoras también. Yo quiero hacer Gilda”. Y me dice, “Boluda, yo también quiero hacer Gilda”. Bueno, y ahí Benja dijo “yo quiero ser el productor”. Como que el cine es eso, ¿no? Es como el sueño de muchas personas. Para el público debe ser impensado saber la cantidad de familias que viven, sueñan, comen por el cine, ¿no?
Mirá, en Infancia clandestina conocí a María Laura Verch, que era directora de casting y aparte coach de niños, nos hicimos muy amigas y empezamos a trabajar juntas. Volví a trabajar con ella en Gilda, en Santa Evita fue mi coach personal como actriz y obviamente en La Mujer de la fila estuvo ahí. Y filmé su opera prima, La noche sin mí, que dirigió junto con Laura Chiabrando, que se presentó en el Bafici y estrena ahora en octubre.
Su posición frente a la industria del cine
-¿Cómo ves la actualidad del cine en la Argentina?
-Veo muy difícil en este momento el cine en la Argentina, pero por supuesto que no dejo de ver también las dificultades que hay en el resto de las industrias. A veces uno habla desde un lugar que conoce, que es el cine y puede llegar a sonar egoísta, y la verdad es que hablo desde un lugar de privilegio, sin dudas incluso dentro del cine, porque este año hice tres películas. Pero sé que es una excepción y por eso mismo deseo acompañar las necesidades de nuestro sector.
Esta película por ejemplo no se hizo con el financiamiento del INCAA, y la que filmé con Gael García Bernal, de Gerardo Taratuto Taratuto (Sin equipaje) tampoco, y la de México, que dirige y actúa Gael es una película mexicana. Nuestro cine es una industria que mueve mucho dinero en otros países y que además hace fuerte al país.
Por eso también es tan importante que nosotros podamos acompañar la memoria de nuestro país, pero para que también en el mundo la conozcan, que sea premiada en festivales, que sea reconocida y que también la gente vaya a ver películas populares al cine y que se emocione reconociendo sus esquinas con actores que quiere, pero que también le den la posibilidad a directores emergentes a hacer sus operas primas. Los directores consagrados de hoy, que todos queremos, también hicieron una opera prima. Hay que seguir haciendo cine como sea, pero está muy difícil para las personas que comienzan o que quieren hacer películas independientes, entonces hay que apoyarlos.
-Vos has hecho varias operas primas.
-En lo personal me gusta hacer operas primas, apoyo el cine independiente. Y filmé también este año una película con Fernán Mirás que se llama La casaca de Dios, en la que con Jorge Marrale hacemos padre e hija.
-¿Cómo llegaste a “La mujer de la fila”?
-Cómo llego a La mujer de la fila, o cómo La mujer de la fila llega a mí. Un día Benjamín me envía una charla TED para que mire, y cuando la pongo era la charla que dio Andrea Casamento, la protagonista de nuestra película, y no podía creer la fuerza de esa mujer, la resiliencia que tenía por lo que había vivido, cómo había transformado un hecho de dolor en acción. Porque tras una experiencia que marcó su vida como fue la detención de su hijo de 18 años, ella funda ACiFaD (Asociación civil de Familiares de Detenidos), para acompañar y para dar voz a quienes viven la realidad del encierro de un ser querido.
En esa charla, Pablo, que recomiendo que veas porque es hipnótica, ella tiene una fuerza, una potencia y yo me decía no, no puede ser que le haya pasado todo esto. Y cómo empatizó con ese mundo, un mundo que para ella era muy lejano. La película también habla de eso, del prejuicio que tiene la sociedad no solamente hacia quienes están privados de libertad sino hacia su familia, porque la privación de libertad impacta a quienes se encuentran en la cárcel, pero también a su familia y a las personas queridas, quienes se enfrentan todos los días a estigmas en el trabajo, en el barrio, en la propia familia. Sobre todo recae siempre sobre las madres. “Mala madre, no lo cuidaste lo suficiente, qué hiciste para que tu hijo terminara preso”…
-Definime qué clase de película van a ver los espectadores.
-Para mí es una historia de lucha, de empatía y de resiliencia. Es más que cine -no quiero quedar pedante con esto, yo soy un eslabón más dentro de una cadena de eslabones muy grandes-, es una oportunidad para generar un cambio real en la sociedad y que la gente pueda empatizar de la misma manera que Andrea, pasándole algo circunstancial que ella finalmente pudo resolver después de 8 meses que su hijo estuvo preso, ella realmente se encontró siendo la mujer de la fila, una mujer más.
Le sucede lo que le pasa con el hijo y llega a la cárcel sin nada, y se da cuenta que hay un montón de mujeres haciendo una fila para también ver a sus hijos o a sus parejas. Todo lo que tiene que ver con las requisas, todo lo que deja de hacer, la mayoría pierde su trabajo, descuidan a sus otros hijos, con los poquitos pesos que tienen cocinan para llevarle comida, le llevan una manta calentita, jabón, y ese rato que lo pueden visitar, a veces muy lejos de su casa, se tienen que levantar muy temprano y llevan los bolsos arrastrando con todas las cosas que sus hijos o familiares necesitan…
Entrando por tercera vez a una cárcel
-Alguna vez habías entrado a una cárcel, para proyectar películas, pero nunca para filmar, ¿no?
-Yo había entrado dos veces a la cárcel de mujeres en Ezeiza, para proyectar dos películas. La primera vez fui con Infancia clandestina y la segunda con Gilda. La película tiene la particularidad de que fue filmada por primera vez dentro de la cárcel de Ezeiza. Se había filmado en cárceles de mujeres, pero no en la de Ezeiza. Y las chicas, las mujeres que ves, las mujeres de la fila son mujeres reales en su gran mayoría, están contando de verdad, con el corazón en la mano, lo que vivieron.
-¿Fuiste a las casas de otras mujeres de la fila?
-Mucho antes de empezar a rodar me acerqué a ACiFaD. Primero la conocí a Andrea, un día vino a casa y charlamos mucho. Ellas se juntan todos los martes para contenerse, para escucharse, para luchar por sus derechos. Y para mí fue muy impactante escuchar no solo sus historias sino saber que muchas habían perdido a su hijo ahí, porque el miedo más grande que tienen esas madres es que los maten. Y Andrea con esta experiencia que le pasa se da cuenta de que no hay una red que contenga a los familiares, y que vulneren derechos y el hostigamiento por el que pasan también, y arma esta red muy hermosa.
-¿Se te pasó por la cabeza qué harías si te pasara algo similar con tu hijo, Merlín?
-El motor de la película también es la maternidad, porque es una madre que está dispuesta a todo por su hijo. Ninguna madre ni ningún padre imagina que podría llegar a pasar por una situación así. Mi personaje en un momento dice “Yo soy una mujer de bien”, como diciendo a mí no me puede pasar esto, mi hijo es inocente porque yo soy una mujer de bien. Como si la sociedad pensara que no le puede pasar a cualquiera. La película lo que trata justamente es de empatizar con esta situación.
Se va a hacer una campaña de impacto social. El filme cuenta con el apoyo de la ONU, el Comité de Prevención de la Tortura, la Procuración Penitenciaria, la Asociación Argentina de Jueces, entre otras muchas instituciones. Los objetivos de esta campaña son impulsar a los espectadores a generar un cambio sobre la realidad, y medir el impacto que tiene la película sobre los espectadores. El propósito es sensibilizar.
-¿Y cómo lo harán?
-Cuando aparezcan los títulos finales de la película, va a haber un código QR y la gente va a poder escanearlo, y le van a hacer algunas preguntas para poder medir y canalizar el impacto en los espectadores de forma directa.
Si bien es una película dramática, es una película muy luminosa porque básicamente habla del amor de una madre hacia un hijo, el amor de las mujeres de la fila hacia sus hijos, y el amor y la solidaridad de todas estas mujeres que se unieron para acompañarse y para cambiar sus realidades tan duras.